Book Review:

The Exploitation of Faith: Pastors Who Abuse Sexually and Economically

By Jorge Erdely

Ediciones B. 2008. ISBN: 978-970-710-268-3. Amazon.com: $19.95 (paperback). 376 pages.

Despite the fact that sexual abuse and financial exploitation in Catholic and Protestant churches are just as present in Latin America as in the rest of the world, there are few books that address this issue for a Latin American audience. Jorge Erdely’s La explotación de la fe: pastores que abusan sexual y económicamente is a welcome contribution in this regard. Erdely documents cases of church abuse specifically in Mexico, but they are also common to other Latin American countries. Girls, boys, and women, including nuns, are the most vulnerable and targeted populations for sexual abuse. But when it comes to financial exploitation, no one is safe. Lies, shaming tactics, stealing of inheritances, and threatening of both female and male members with expulsion from the congregation unless they pay up are not alien practices to greedy clergy in both Catholic and Protestant churches.According to Erdely, justice is rarely served, even when some pedophiles confess. Priests continue to perform their liturgical duties and to have contact with children and parishioners. Ironically, victims of abuse from Catholic priests had more rights during colonial times than they do today. For example, seventeenth-century Jesuit priest Gaspar de Villarias harassed and abused more than ninety women in Mexico in his lifetime. After having confessed his sexual transgressions in 1625, he was stripped of his priestly functions and put under a two-year monastic arrest. This was a far harsher punishment than any actions taken today against dishonest and abusive priests, some of whose victims run in the hundreds.

Erdely says that women who see male doctors or psychotherapists are less at risk for inappropriate sexual advances than women who turn to their priests or pastors for help. Always under public scrutiny, at least doctors and therapists have professional codes of ethics and can have their licenses removed, or can even face jail sentences. Priests and ministers receive minimal reprimands and negligible punishments—if any—from their churches.

The Catholic Church has consistently protected its priests despite overwhelming proof of wrongdoing; there is simply too much invested in protecting what Erdely calls its “institutional image” and reputation. Protestant churches have had their share of scandals, too. Erdely mentions troubling cases in Jehovah’s Witnesses, as well as in Anglican and Neo-Pentecostal churches. Nevertheless, the situation is worse with independent churches with no denominational affiliation. Lacking formal checks and balances, pastors of independent churches answer to no one but themselves, and therefore are more prone to foster environments where abuse and excess may run rampant.

In both Catholic and Protestant churches, peers, even when they have been informed of their fellow clergymen’s misconduct, rarely side with the congregation, says Erdely. Plain cowardice, blind loyalty, denial, lack of empathy for human suffering, complicity, and professional ambitions are among the reasons Erdely lists for peers’ silence on the issue.

Authoritarianism, thirst for absolute control, manipulation, dogmatism, fear tactics, shaming techniques, group pressure, and the twisting of scriptures and doctrine to fit the needs of the clergy are signs churchgoers should be wary of. Erdely finds support in biblical passages for fighting back, and he encourages readers to leave abusive groups and to sue and publicly denounce them if possible.

La explotación de la fe has an appendix with Internet sources for people seeking help and information about clergy abuse. As of yet, there are few Websites in Spanish that specifically address abuse in mainstream and non-mainstream religious organizations. Erdely lists two: http://www.religionesysociedad.org and http://www.revistaacademica.com. I couldn’t help but notice that he also could have included http://www.sectas.org, a comprehensive Website with articles and links to recommended books and videos on abuse in both mainstream and nonmainstream groups. This omission aside, La explotación de la fe is a much-needed introduction to the very real situation of sexual abuse and financial exploitation in Latin American churches today.

Katherine V. Masís
International Journal of Cultic Studies, Vol. 1, No. 1, 2010

Hemos recibido varios comentarios de personas interesadas en conocer los libros escritos por el Dr. Jorge Erdely. En respuesta a su solicitud les proporciono estos enlaces.

Libros en Amazon.com

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Este blog ha recibido algunos correos inquiriendo sobre la opinión del Dr. Jorge Erdely acerca de filiaciones y cuestiones eclesiásticas. Este texto, publicado por el autor en 2008, explica sus puntos de vista sobre el tema.

Si el sol no peca con lucir ¿cómo he de pecar yo con pensar?

José Martí

¿Hay sustento en el Nuevo Testamento para la idea de una institución mediadora indispensable? ¿O son más bien esas instituciones entes neutrales, desarrollos de la historia secundarios, o cotos de poder de burocracias, o simples expresiones organizacionales alrededor de propuestas teológicas, que llegarían a lo mas a intérpretes? Por supuesto, abundan las opiniones.

Cuando Erasmo de Rotterdam publicó su famosa edición del Nuevo Testamento en griego, en 1516, una de sus principales motivaciones fue hacer notar el abismo de diferencia entre el cristianismo en su forma original y la versión institucionalizada que imperaba en el siglo XVI. Prueba de ello son sus abundantes notas, publicadas en un tomo aparte, dedicadas a remarcar dichas diferencias.

Cito a Erasmo en un pasaje memorable: “¿Qué diremos acerca de los votos… sobre la autoridad del Papa, del abuso de las absoluciones y dispensas?… ¡Qué daría por que los hombres se contentaran con dejar a Cristo reinar por medio de las normas del Evangelio, y que no buscasen más fortalecer su tiranía oscurantista por medio de decretos humanos!”10

La tensión que denunciaba Erasmo, estaba, pues, entre la institución y el Evangelio de Cristo. Sus agudas declaraciones eran producto de haber examinado acuciosamente el Nuevo Testamento en su idioma original por años, y de haber colaborado, como pocos, en revivir el interés en el estudio del griego koine en Europa. Su ideal, como el de otros intelectuales influyentes en su época, era volver a las fuentes originales, al Nuevo Testamento, y hacer desde allí una evaluación crítica a la iglesia institucional.

Leído con cuidado, el Nuevo Testamento es ciertamente un libro que tiene mucho que decir acerca de la influencia que pueden tener las organizaciones religiosas en los seres humanos.

Influencias en ocasiones positivas, pero paradójicamente, a veces, espiritualmente desastrosas.

Una lectura observadora de los evangelios sinópticos, y aun de San Juan mismo, muestra a Jesús de Nazaret polarizando a sus oyentes con un discurso que presentaba a la institución religiosa de su época, el templo y su burocracia organizacional, como un estorbo mayúsculo para que la gente se acercara a Dios. Es paradójico. A los entonces administradores oficiales de la verdad espiritual, tenidos en veneración por todo el pueblo, los denuncia por “tener la llave de la ciencia” y al mismo tiempo impedir a sus oyentes entrar en el reino de Dios.11

En otros pasajes, Jesús acusa a los líderes institucionales de ser ciegos, guías de ciegos.12 En otros más (su denuncia más fuerte, en Mateo 23), de guiar a la gente a la destrucción en vez de a la salvación.13 Nótese que Jesús es genérico en sus denuncias. Denunció a la casta burocrática totogenre, pues la percibía como una estructura o sistema corrupto (aunque había, a nivel individual, como suele ser el caso, honrosas excepciones como, quizás, Nicodemo o Gamaliel).

El Cristo que a los 12 años escuchaba absorto las Escrituras con los eruditos rabinos en los atrios del Templo de Jerusalén, llegó veinte años más tarde a echar fuera de esos mismos atrios a los mercaderes allí instalados con permiso de los altos jerarcas. Denunció, en términos no inciertos, que aquello había sido convertido en cueva de ladrones, en vez de un espacio para que la gente de todas las naciones se acercara a Dios.

Hacia el final de su ministerio, cuando en Mateo 24 los discípulos le hablaban sobre la grandeza arquitectónica del templo, el símbolo por excelencia de la institución dominante, y el corazón mismo del culto, les advirtió enseguida que no quedaría de todo eso piedra sobre piedra.14 Aparece allí un énfasis en evitar que sus discípulos pusieran sus ojos en los deslumbrantes edificios y todo lo que éstos representaban.

Jesús de Nazaret, una propuesta subversiva

Pero, curioso, de vuelta a Mateo 23, Cristo no condena nunca la cátedra de Moisés, sino que la valida enfático.15 Jesús, en el proceso de emancipar a la gente de la dependencia institucional que se presenta como mediadora indispensable entre los seres humanos y la divinidad, es cuidadoso en no dejar a la gente sin referentes codificados de autoridad. Y así, deslinda los textos sacros de aquellos que se apropian de ellos para explotar a quienes los desconocen y con su impostura de aprovechan de ellos. Pocas situaciones confunden al creyente, como el uso de textos y símbolos sacros por liderazgos religiosos ostensiblemente corruptos. Nublan o llegan a voltear al revés los parámetros éticos. Enfatizar la distinción entre intérpretes y texto, era crítico para la audiencia de Jesús.

Llama la atención, al examinar el discurso de Cristo en los Evangelios, su postura iconoclasta y contracultural. Uno de sus grandes énfasis está puesto en libertar a los hombres del arraigado concepto de la institución religiosa como mediadora

de las relaciones entre Dios y las personas. En Juan 4, durante su memorable dialogo con la samaritana, sale a la mesa de discusión una polémica contemporánea sobre el “lugar correcto de adoración” ¿Era el monte Gerizim, como afirmaban los samaritanos o el Templo de Jerusalén?, cuestionaba aquélla.

“Mujer, créeme”, responde Jesús, “en que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis”.16

Desmitificando los espacios sagrados

Examinando la totalidad de su discurso, Jesús va, pues, relato a relato, parábola tras parábola, removiendo la confianza en los lugares físicos, en los templos, en los espacios materiales sacros, y va, simultáneamente, trasladando cuidadosamente esos conceptos al ámbito de su propia persona y los corazones de los seres humanos. El templo sería, pronto, él mismo, sin restricción geográfica, sin obstrucción burocrática, y las otras estructuras, obsoletas.

Más adelante, la dicotomía es aún más contundente: en la Fiesta de los Tabernáculos, citada en San Juan 7:37-38, se nos ubica justo en el último día de aquella importante celebración. En ese día, de acuerdo con la tradición de la época, se derramaban varios cántaros de agua en el altar del templo, de manera que al terminar la ceremonia corría ésta por el patio, como en riachuelos, representando la abundancia de

Dios para con su pueblo.17 Fue justo allí y en aquel día, cuando Jesús pronunció aquel famoso “si alguno tiene sed, venga a mí y beba, y de su interior correrán ríos de agua viva”.18

El contraste es dramático. Por un lado, la multitud convocada está esperanzada y con su atención fija en el templo, en el rito y el símbolo, buscando la bendición de los sacerdotes intermediarios. Mas Jesús, poniéndose en pie, alza la voz en tan solemne momento, cambiando radicalmente el foco de atención. Parafraseándolo, en ese contexto, decía: “Si sed espiritual es lo que tienes, no es en el templo ni en el rito donde te vas a saciar, sino en mí”.19

Otra vez vemos pues a Cristo en un acto publico, en abierto antagonismo con el templo. El énfasis no estaba ni en la ceremonia, ni en si en los que la administraban había realidad o sustancia espiritual. San Juan 14:6 aborda el reiterativo tema de manera más franca: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre si no es a través de mí”. Subversivo, si contemplamos la atmósfera polarizada en que se dijo.

Ante textos tan claros como éstos, ¿cuál era entonces realmente la relevancia de la institución y su burocracia religiosa? En aquel contexto de continuas yuxtaposiciones, el silencio era ya de por sí elocuente.

Los monopolios de la gracia

Se podría argumentar con cierta legitimidad exegética, que lo único que se puede inferir validamente de todo esto es que la antigua alianza o pacto con Israel, con su templo, sus ceremonias, y regulaciones de culto, eran, o están por ser obsoletas, pues Cristo venía a proclamar lo nuevo, lo que permanece, de lo cual el pacto mosaico era sólo sombra, figura y tipo. Pero aun si esto fuere así y no pudiésemos hacer paralelismos con instituciones religiosas contemporáneas, ni inferencias validas aplicables hoy en día, queda en el aire la pregunta: ¿por qué Jesús, en forma por demás enfática y en tantas narrativas, se señala a sí mismo y no a una nueva institución (en este caso la ekklesía) como mediador por excelencia de la relación entre Dios y las personas? ¿Por qué en las narrativas se establece categóricamente él a sí mismo, a su persona, como eje indispensable de la comunión con Dios y descarta cualquier otra vía? Esta enfática afirmación de sí mismo a exclusión de todo y todos los demás, es un punto teológico álgido, mas no por ello menor. Es un tema toral y reiterativo de su discurso, y, por lo tanto, literariamente ineludible. Hay, pienso, razones primordiales para ese énfasis discursivo. Y no me refiero a la doctrina de la expiación, sino a realidades históricas y empíricas.

Las instituciones y sus burocracias tienen una tendencia a secuestrar y a manipular los principios que administran. Tienden, de manera innata, a usurpar en la praxis el lugar que sólo a Dios le corresponde, al exigir obediencia antes quea Él y a la propia conciencia. De esto, la historia y la sociología de las religiones dan abundantes ejemplos.

La naturaleza misma de una institución parece ser la búsqueda de su auto perpetuación como fin prioritario, y no necesariamente el bien de las personas. Para asegurar su supervivencia en la historia, tienden a defender y promover a ultranza su imagen institucional. Cuando existe un dilema entre proteger dicha imagen y velar por los intereses de los seres humanos, éstos últimos suelen ser inexorablemente sacrificados en aras de lo anterior. Existen antecedentes —muchísimos— de que por estas razones, las instituciones, cuando son religiosas, se pueden convertir no sólo en estorbos pasivos, sino —trágicamente— en obstáculos activos para la fe y la espiritualidad.

Las instituciones religiosas, es también conocido, acumulan poder basadas en su estatus de mediadoras, en vez de asumirse, más modestamente, como falibles intérpretes, y son tentadas a medrar con los anhelos más sagrados del pueblo.

Las instituciones religiosas tienen una dimensión fantasmática, existen en el imaginario colectivo como un abstracto más allá de los feligreses. Sin embargo, se encarnan y adquieren voz ante la sociedad a través de las jerarquías que las rigen. La voz de la institución es siempre la voz de la jerarquía. Son esos intereses los que representan y protegen, no los del común de los creyentes. El Nuevo Testamento presenta consistentemente a Jesús al lado de los creyentes, del pueblo, en tensión con la institución de la época, casi como si dos mediadores estuviesen compitiendo por allegarse sus lealtades.

Ante estas imágenes, surgen algunas preguntas literarias. ¿Será que Jesús, quien la narrativa presenta como viniendo al mundo a libertar del mal al ser humano, luego encomienda a una institución (¡y a una sola!) la administración de su gracia, de manera que las personas quedan de nuevo dependientes o esclavizadas, a expensas de una estructura religiosa, como lo estaban antaño a aquel al sistema del templo y a los escribas? ¿O será, por el contrario, que su misión fue emancipar, entre otras cosas y de una vez y para siempre, a los seres humanos de las estructuras religiosas y sus caprichos terrenales, abriendo acceso por medio de sí mismo a Dios, como lo afirma claramente, por todos lados, el Nuevo Testamento?20

Hágase una breve observación de las estructuras eclesiásticas y sus sacramentos. Nótese qué aspecto de la gracia de Dios no se supone que es forzosamente mediado y administrado, de una manera u otra, por la institución. ¿No es esto, honestamente, sospechoso?

La administración del bautismo, dependiendo la tradición; el sacramento de la eucaristía o la comunión que sólo una elite especial bendice y dispensa; la confesión; la declaración de salvación en los protestantismos; la interpretación oficial de los textos sagrados por los escribas; la absolución de pecados; la extremaunción, y todo lo que cabe en medio.

Del nacimiento a la muerte, del bautismo al matrimonio —si es el caso—, todo acceso a la gracia es mediado “al pueblo”, a los laicos, por instituciones y clerigos profesionales con misterioso celo.

Pero, ¿en dónde se ve eso en el Nuevo Testamento? Verbigracia: ¿qué obispo o sacerdote ordenado fue el que bautizó a San Pablo? Ninguno. Fue un sencillo seguidor de las enseñanzas de Jesús, sin rango ni estatus eclesiástico, de nombre

Ananías. Se puede leer el relato en el libro de los Hechos.21 ¿Y por eso no fue válido su bautismo? ¿O fue luego Pablo a Jerusalén a pedir que lo bautizara alguno de los apóstoles? ¿O al menos un diácono ordenado? ¿Hay algún registro de alguna polémica sobre la validez o invalidez del bautismo de Saulo de Tarso? ¿Algún reproche, quizás, a Ananías por usurpar funciones que no le correspondían o administrar sacramentos que no valían?

Emancipación: el otro discurso

Nada. Y eso indica, al menos, que la obsesión por centralizar poder y sacramentos no existía aún en los inicios del cristianismo. Todo el que ha leído, sabe que el sistema sacramental mediado institucionalmente como existe hoy en día, es producto de siglos de mutación teológica. Lo curioso es que la mutación no fue al azar, sino sesgada. Toda la gracia —se afirma— vino a quedar bajo la tutela y administración de una monarquía al frente de una organización eclesiástica. Y los que no son ministros, o los llamados laicos, por ende, necesariamente terminaron en un estado de irremediable y riesgosa dependencia institucional.

Al nacer y crecer en una cultura religiosa permeada con estas nociones, naturalmente se es socializado en sus prácticas e ideas. Queda la idea de que si no se acude al lugar “sagrado” o al rito oficialmente autorizado, no se alcanzará quizás el perdón divino o no se podrá participar en el más allá de un paraíso, ver otra vez a seres cercanos ya fallecidos, etcétera. Es importante a su vez contar con la complacencia y el beneplácito de los perpetuos custodios de la gracia; es más seguro.

Mas Jesús de Nazaret, no mencionaba institución cuando afirmaba: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.22 Y ni dudar que está hablando en el citado texto de su propia persona. Y no nombra acompañantes ni compadres para tan elevado quehacer. Menos aún, falibles organizaciones, sea cual sea su nombre o abolengo.

Si Jesucristo vino para hacer libre al ser humano (en muchos sentidos), luego pues, no lo vuelve a dejar dependiente, ni subordinado servilmente a instituciones.

Con Jesús, la institución religiosa venía a ser, poniéndolo eufemísticamente, “dispensable”. Por no decir espiritualmente irrelevante y, aun, como lo había enfatizado él en varias ocasiones, hasta estorbosa por su naturaleza explotativa e insensible hacia la gente. Y, en ocasiones, pretenciosa y ofensivamente arrogante.

Jesús había venido a emancipar con su discurso, según las narrativas, también de esa codependencia institucional dañina de la que tanto provecho obtienen ministros impostores. Esas actitudes dolosas fueron lo que lo llevó a increpar a los jerarcas de su época por actos directos de depredación económica contra los creyentes, por su doble moral, la cual no excluía la lujuria reprimida, el saqueo a las viudas y el pisoteo de los derechos, causando indecible sufrimiento al rebaño. Todo en el nombre de Dios y con argumentos teológicos torcidos.

Esto es, por supuesto, un acercamiento literario a las narrativas del iconoclasta de Nazaret, aplicable a aquella época. ¿O lo son también a la nuestra? Cuestión de creencias


10 Desiderius Erasmus. 1516. Comentario sobre S. Mateo 11:30, en Novum Instrumentum.

11 San Lucas 11:52.

12 San Mateo 15:14.

13 Véase, por ejemplo, San Mateo 23:13 y 15

14 San Mateo 24:2.

15 San Mateo 23:2-3.

16 San Juan 4:21.

17 Albert Edersheim, La vida y los tiempos de Jesús el Mesías, Terrassa (Barcelona): CLIE, 1978.

18 San Juan 7:38.

19 La referencia inmediata es a la promesa del Espíritu Santo, según el versículo 7:39.

20 Por ejemplo, Hebreos 10:19-20.

21 Hechos 9:17-18.

22 San Juan 14:6.

Adaptado del libro La explotación de la fe

Dr. Jorge Erdely

(Ediciones B, 2008)

Capitulo 14: “Co-dependencia institucional”

El Cardenal y el pederasta: impunidad total

El lenguaje político esta diseñado para hacer que las mentiras suenen verosímiles.
George Orwell

Hasta donde tengo conocimiento, en México no ha habido un solo reporte documentado ante las autoridades civiles o eclesiásticas de algún sacerdote pederasta.

Cardenal Norberto Rivera Carrera
Arzobispo Primado de la Ciudad de México.
Julio de 2002, entrevista a la revista 30 Giorni.

En octubre de 1994, Joaquín, un niño de 13 años, fue violado salvajemente por el sacerdote diocesano Nicolás Aguilar Rivera, vicario de la parroquia de San Antonio de las Huertas, en la Ciudad de México. El crimen ocurrió en la rectoría del templo. Mientras lo violaba, sólo unos metros afuera, el cura titular, Antonio Núñez, oficiaba misa.

Joaquín no podía saberlo. Para entonces, el padre Nicolás, llevaba al menos 86 victimas, 60 reconocidos por autoridades católicas de Puebla en 1997, y 26 más que reportó el Departamento de Policía de Los Ángeles, California, nueve años antes, en 1988. Al padre Nicolás se le abrieron dos procesos penales, uno en cada país por los ilícitos. No pisó nunca la cárcel. Incardinado en la Diócesis de Tehuacán, su obispo en aquellas fechas era Norberto Rivera. De acuerdo con nuevos documentos oficiales de la Iglesia a los cuales hasta hace poco no se podía acceder, el ahora cardenal y arzobispo primado de la Ciudad de México, Norberto Rivera Carrera, siempre estuvo al tanto de dónde estaba su sacerdote pederasta. Nadie más le podía otorgar los permisos para oficiar en las distintas parroquias católicas a las que se le promocionó como vicario durante 20 años.  El padre Nicolás sigue oficiando como sacerdote y en contacto con menores de edad.

El caso del religioso con más víctimas sexuales en la historia mexicana fue el del  sacerdote Gaspar de Villarias, que se remonta al siglo XVII. De acuerdo con documentos del Archivo General de la Nación y del Tribunal del Santo Oficio, entre 1610 y 1620, Villarias utilizó su posición de presbítero y el secreto de confesión para abusar de más de 90 mujeres católicas de todos los estratos socioeconómicos. Se puede decir que fue el caso más notable de la época colonial, cuya repercusión llegó hasta Roma.

Hoy, el padre Nicolás Aguilar Rivera ha rebasado —en número y sordidez— ese récord de ignominia, al violar, ultrajar y explotar sexualmente a alrededor de cien niños, también al amparo de su puesto y utilizando lo mismo el espacio de hogares católicos que le abrieron las puertas, que  templos y edificios parroquiales. Continuar leyendo el capítulo

¿Como tratan las iglesias hoy en día los casos de seducción a feligresas por parte de ministros? ¿Qué hay de los que, encima, cometen adulterio con ellas? ¿Los sancionan o los solapan? ¿Los cambian de templo y ya, como sucede con muchos curas pederastas, o les cancelan el permiso para ejercer el ministerio? ¿Tienen estándares de ética más altos las asociaciones profesionales del mundo que las iglesias contemporáneas, so pretexto de lo que Bonhoeffer llamo cheap grace?

Cuando un ministro religioso, cura, pastor, diacono, “líder de alabanza” 1, etcétera, se involucra sexualmente con alguien que se encuentra bajo su cuidado espiritual —el caso clásico en Latinoamérica es el de un ministro casado y una feligrés mayor de edad 2—, existe una relación de inequidad que pone en desventaja importante a la mujer. Esto sucede porque el pastor tiene una relación jerárquica de autoridad sobre sus congregantes y frecuentemente tiene acceso a información privada sobre vulnerabilidades personales de las mismas. Dicha información es obtenida a menudo a través de la consejería pastoral, en la confesión de situaciones personales, o proporcionada por terceros que confían en el líder espiritual para ayudar a un ser querido.

Explotando vulnerabilidades

La posesión de dicha información pone en un estado especial de vulnerabilidad a las mujeres. El acceso a información privada, aunada a la relación de confianza, admiración y respeto por la investidura en que se proporciona la misma, así como la posición de subordinación jerárquica de la oveja hacia el ministro, hacen que las relaciones románticas y sexuales sean inherentemente explotativas por parte del líder. Como explica Petter Rutter 3, no se trata realmente de relaciones en condiciones de igualdad. En todos los casos se trata, pues, de un abuso de poder por parte del ministro, sacerdote o pastor. No se requiere que exista uso de la fuerza o coerción para calificarlo así.

Cuando existe además adulterio, esto agrava y complica más el caso, pues implica a su vez la traición a la confianza de hijos, familiares y cónyuges por una o ambas partes.

En palabras del eticista Stanley Grenz, ¿implica esto entonces que “cada acto sexual entre una congregante y su pastor conlleva implícitamente un abuso de poder y es un acto de traición de confianza”?4 Basándose en las investigaciones de la especialista Marie M. Fortune, responde:

“Cualquiera que sea su motivación, la congregante entra a esa relación con una vulnerabilidad especial…Así es que ella se encuentra en una posición de desigualdad en cuanto a él”.5

Por eso, Grenz y la doctora Fortune coinciden que para que no hubiese una relación de desventaja para la mujer —y por ende explotativa—, ambos tendrían que relacionarse en condiciones de verdadera equidad. Aun es cuestionable legalmente el “pleno consentimiento” a la relación sexual en dichos casos, aunque en apariencia la haya, y aunque en eso se escuden muchos ministros explotadores.

Volviendo a la pregunta de Grenz, si cualquier relación entre un ministro y una feligrés, es necesaria e inherentemente explotativa —y por lo tanto una grave falta de ética profesional—, esa conducta requiere ser identificada, confrontada, y denunciada.

Criterios profesionales seculares

Un ejemplo de las normas que rigen a los profesionales de la salud mental en países democráticos industrializados puede ilustrar bien el punto. Las asociaciones y colegios de psiquiatras y psicoterapeutas suspenden la licencia para ejercer dichas profesiones a sus miembros si éstos se involucran en relaciones sexuales con sus pacientes, aunque éstos sean adultos. De hecho, en algunos países es requerido por ley que un psiquiatra o psicoanalista haya dejado de atender por varios años a su paciente antes de que le sea lícito entablar una relación romántica o íntima con él o ella.

Las razones son las mismas que comentan Marie Fortune, Grenz y otros especialistas: el profesional de la salud mental tiene una relación privilegiada de confianza con su paciente, relación cuyo propósito es contribuir al bienestar del mismo. En virtud de esa relación y con la expectativa de la mejoría en mente, el paciente revela voluntariamente ante el profesional áreas vulnerables de su vida privada. Frecuentemente le confiará aspectos de su pasado, de sus miedos y sueños y metas, de su vida íntima sentimental y/o sexual, información que en otras circunstancias no comentaría con otras personas en tal detalle o amplitud. Esa información puede ser ofrecida inicialmente por el paciente o inquirida por el profesional para diagnosticar una problemática. Si el psiquiatra o terapeuta no utiliza éticamente esa información y en vez de ello decide usarla para obtener gratificación sexual y/o afectiva, la paciente está en terrible desventaja ante el depredador, pues es susceptible muy fácilmente a ser manipulada. El terapeuta, en cambio, no requiere de proporcionar información privada a la contraparte ni acude a la consulta con la expectativa de recibir ayuda. El reconocimiento de esa vulnerabilidad ha dado lugar a que existan normas que regulen la relación profesional de la salud mental-paciente en los países civilizados.

Por supuesto, no todos los psiquiatras y terapeutas respetan el código ético que rige su trato con las pacientes. Algunos deciden no hacerlo y cuando son descubiertos tienen, a diferencia de la mayoría de los ministros religiosos, consecuencias. Penas de cárcel, demandas civiles, escrutinio público. Es común que se les suspendan y en ocasiones se les cancelen de por vida sus licencias profesionales. Esto es, no pueden volver a ejercer su profesión; de hacerlo, incurren en serias sanciones. Esto sucede tratándose de la actividad sexual entre un profesional de la salud adulto y su cliente adulta en una relación de “mutuo consentimiento” en el ámbito secular. ¿Como tratan las iglesias hoy en día los casos de seducción a feligresas por parte de ministros? ¿Qué hay de los que, encima, cometen adulterio con ellas? ¿Los sancionan o los solapan? ¿Los cambian de templo y ya, como sucede con muchos curas pederastas, o les cancelan el permiso para ejercer el ministerio? ¿Tienen estándares de ética más altos las asociaciones profesionales del mundo que las iglesias contemporáneas, so pretexto de lo que Bonhoeffer llamo cheap grace?

La relación sexual entre un líder religioso y cualquiera de sus congregantes —indistintamente si involucra el adulterio— es, además de una violación de la ética cristiana a la que los ministros se suscriben, un abuso de poder que no puede minimizarse. Es de hecho, el signo distintivo de un explotador profesional y trae graves consecuencias —en ocasiones devastadoras— para las creyentes que se dejan deslumbrar por el estatus, poder, por la aparente sapiencia, por la solicitud y empatía, o por el carisma, el talento u otros señuelos con que medran muchos explotadores de la fe con pocos escrúpulos.

Tomado y adaptado de Seducción en el seminario.

La Explotación de la Fe

Ediciones B

2008

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1 Este cargo, líder de alabanza, ha cobrado enorme autoridad en movimientos carismáticos católicos y en el neopentecostalismo, a veces, a la par, o más, que la del pastor y el sacerdote. Rebasa la idea tradicional del cantor o el director del coro o encargado de la música y se idealiza como dechado de espiritualidad en la misma medida en que la música ha venido adquiriendo un papel preponderante en el culto y la vida de esos movimientos.

2 Excluyendo, obviamente, la pederastia, tan prevaleciente entre el clero católico. Véase Manto púrpura: pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera, de Sanjuana Martínez (México DF: Grijalbo, 2006).

3 Peter Rutter, Sex in the forbidden zone: When men in power —therapists, doctor, clergy, teachers and others— Betray Women Trust (Los Angeles: J.P. Tarcher, 1986).

4 Stanley J. Grenz, Roy D. Bell, Betrayal of Trust: Sexual Misconduct in the Pastorate (Downers Grove: Illinois: InterVarsity Press, 1995), pp. 91. Marie M. Fortune, Is nothing sacred? When sex invades the Pastoral Relationship (San Francisco: Harper & Row, 1992).

5 Ibíd., pp. 91-93.

Una mirada critica del periodista Marco Lara Klahr a la Iglesia Universal del Reino de Dios, su marketing y su credo.

Cante. Alabe. Agite con vigor sus brazos hasta empaparse. Implore. Aférrese al manto sagrado que todos los viernes pasará flotando a centímetros de su cabeza. Llore, gruña o ruja. Repita “amén” con la furia colectiva del caso, cada vez, hasta sentirse exánime. Enarbole las fotografías o las prendas de sus enfermos, y conjure con ello al Mal, que equivale, según este credo neoevangélico, a precariedad económica, enfermedad y vacío. Vamos, desafíe al demonio. Apriete párpados y quijadas, y cuando el pastor exclame, “¡Libéralo, señor Jesús!”, entorne los ojos, babee, vomite sin dejar de maldecir.
Naufrague en este mar patético solemnizado por el piano. Hágalo como lo hacen miles de mexicanos cada día. Y después participe en la puja, seleccione entre la vasta gama de productos que tienen para venderle: agua del Jordán, biblias, libros, aceite del huerto de Getsemaní; sermones y alabanzas en discos compactos, jirones de la túnica de Jesús, fragmentos de su tumba o astillas de su cruz. En tres palabras, si puede, “Pare de Sufrir”.

Inmerso en un escenario monumental y posmoderno, todo neón, todo fulgor, se le propone un viaje de casi dos horas, aeróbico, intenso y extenuante, guiado por aquella consiga perentoria con la que el obispo Pablo Roberto (pastor de la grey mexicana) planta cara a Satanás en un español cuasi portugués difuso y seductor: “¡Manifiéstate! ¡Vamos! ¡En el nombre de Jesucristo, manifiéstate! ¡Vamos!”.

Bajo el estilizado emblema corporativo rojo en forma de corazón, en cuyo fondo aparece calada una paloma en vuelo, los prodigios del religious franchising manan aquí a semejanza de hamburguesas, cosméticos, teléfonos móviles, metanfetaminas reductivas o complejos comerciales homogéneos a los que nos tiene habituados la globalización.

De Veracruz a Baja California, a través del centro, el Bajío y el norte, cada viernes, por ejemplo, usted dispone de alrededor de 40 templos espaciosos y pulcros (la mitad fueron cines, teatros o salones sociales); cinco horarios, un ejército de obreros uniformados a su servicio, y decenas de pastores brasileños, para someterse a un exorcismo masivo de acuerdo con los extravagantes cánones de la Iglesia Universal del Reino de Dios, cuya denominación Pare de Sufrir nos es hoy tan familiar como cualquier franquicia global.

Lo que ocurre en el interior de esos templos níveos, el comunicador brasileño Arnaldo Jabor lo describe así: “Centenas de miserables que no tienen ya nada, siendo expoliados por otros miserables, los obreros, que pueden ascender a pastores y tal vez a obispos, en una pirámide invertida de horrores, como montones de frutas podridas entre la basura callejera” (“Obispo Edir Macedo criou o Deus ejecutivo”, en geocities.com/cronistaarnaldo/).

En los cuernos de la globalización

Igreja Universal do Reino de Deus, Universal Church of the Kingdom of God, Communauté Chrétienne du Saint-Esprit, Comunidad Cristiana del Espíritu Santo, Oración Fuerte al Espíritu Santo o Pare de Sufrir; el visionario detrás de esta holding de la fe, que después de más de una década de persistencia toma solidez en México (llegó en 1991), es Edir Macedo Bezerra, un magnate brasileño que, montado en los cuernos de la globalización, a partir de 1986 gobierna su imperio corporativo desde Brooklyn.

Es uno de los pastores electrónicos que han florecido en Brasil al crear una gama de opciones espirituales basadas en un determinado estatus social. Están, por caso, la Asamblea de Dios, para las masas. La Iglesia Sara Nossa Terra, para la élite política y mediática. La Asociación del Evangelio Pleno, para la crema empresarial. Atletas de Cristo, para los deportistas profesionales. Y la Iglesia Universal del Reino de Dios, que apela a la abatida autoestima de las clases medias urbanas, depauperadas por tres décadas de catástrofe económica latinoamericana.

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Los especialistas que estudian el comportamiento de los ministros que se involucran sexualmente con sus ovejas reconocen, a grandes rasgos, tres tipos clásicos. Al español se podrían traducir y adaptar estas categorías como sigue: a) El depredador. b) El descarriado. c) El “Don Juan”.

El primero es, por mucho, el que causa más daño. La palabra depredador fue seleccionada por la doctora Marie Fortune, investigadora del Centro para la Prevención de la Violencia Sexual, en Washington, con todo propósito. Depredador evoca ideas de peligro, destrucción y rapacidad que deja a su paso dolor y devastación. Fortune describe así el carácter y comportamiento de este tipo de ministro.

Es manipulador, coercitivo, controlador, rapaz, y a veces violento. También puede ser encantador, brillante, competente y carismático. Le atrae la vulnerabilidad… No es psicótico, pero a menudo es sociopático; esto es, tiene poca o nula conciencia acerca de sus comportamientos transgresores. Usualmente minimizará, mentirá, y negará al ser confrontado. Para este tipo de transgresores el ministerio presenta una oportunidad ideal para obtener acceso a posibles víctimas de todas las edades”.[1]

El doctor Grenz, eticista protestante y autor de un amplio estudio sobre este tema, ofrece, en sus propias palabras, una visión complementaria del depredador.

Fingiendo ser un pastor preocupado, el depredador utiliza su poder y posición para coercionar o manipular. Encubriendo sus intenciones con su puesto ministerial, se mueve deliberadamente más allá de los límites (de conducta) apropiados y lleva con él a sus víctimas”.[2]

Quizás el signo que suele identificar más fácilmente a los ministros en esta categoría es la premeditación. El depredador selecciona cuidadosamente a su víctima y utiliza con alevosía y ventaja una estrategia, usando recursos como los arriba mencionados. El caso ya relatado del reverendo John Jackson es un ejemplo clásico.

Otra característica importante es que pueden ser violentos. Con el paso de los años, el depredador deja tras de sí una larga lista de personas heridas y explotadas. Su conducta a menudo es acompañada de actitudes compulsivas. Por todo esto, esta clase de ministros frecuentemente llega a incurrir en actos criminales. Casi todos los clérigos paidófilos, paradigmas de rapacidad y vileza por antonomasia, caen dentro de esta categoría. Juan Manzo y el padre Nicolás Aguilar son casos típicos.

El descarriado

Quizás la mejor manera de distinguir esta categoría —también de Marie Fortune— de la del depredador, sea ésta: muy rara vez su conducta es criminal y no actúa con premeditación. “Bajo circunstancias normales”, explica Grenz, “él nunca consideraría enredarse sexualmente con una congregante. Sin embargo, una crisis avasalladora, o un momento crítico de transición en su vida, puede inclinar la balanza, llevándole a transgredir el límite…[3]

El hecho de que no suela ser violento ni actúe con premeditación no atenúa el daño que causa a sus feligreses. De acuerdo con Fortune, este tipo de ministro tiene problemas de raíz en su carácter. Básicamente, muestra dificultad para mantener límites apropiados en sus relaciones interpersonales. Es también emocionalmente inmaduro y tiene alto riesgo de involucrarse sentimental y/o sexualmente con alguna feligrés que lo tenga en alta estima. El descarriado suele tener sentimientos de frustración profesional y a menudo se siente solo y aislado.[4]

El aprecio, la atención, los halagos o la adulación de una congregante admiradora —frecuentemente en una relación de consejería pastoral—, es el catalizador para que el ministro inicie una relación sexual con su oveja. En otras palabras, si la ocasión se presenta, explota su posición pastoral para tratar de suplir sus necesidades afectivas y/o aliviar su tensión. La clave para entender esto es el evento de estrés por el episodio de crisis con que se asocia esta conducta. La relación semántica con el nombre de la clasificación resulta así obvia. Estas personas, al tener problemas en guardar distancias profesionales prudentes y límites apropiados en sus relaciones son vulnerables a descarriarse (a desviarse del curso ético de conducta que su cargo exige). Y esta vulnerabilidad se actualiza cuando se presenta un factor de estrés importante en su vida. Esto puede ser una crisis matrimonial, familiar, en su iglesia, o en su propio ministerio. Finalmente se debe notar que la reacción del descarriado cuando es descubierto en un enredo sexual, suele ser menos defensiva y agresiva que la de un depredador. No es inusual que luego de algunas resistencias, reconozca su situación al ser confrontado.

El Don Juan o el ministro romántico

En su libro Betrayal of Trust: sexual misconduct in the pastorate, Grenz propone una categoría adicional a las dos anteriores de la doctora Fortune. Podría traducirse al español, como el romántico. Por pragmatismo nemotécnico, he preferido denominarla “El Don Juan”, en referencia al drama clásico Don Juan Tenorio del español José Zorrilla. Aunque el Tenorio de ficción era más bien un galante conquistador, un rompecorazones, en esta clasificación Don Juan es sólo un ministro enamoradizo, no menos galante. De esta manera, nos quedamos con tres grandes categorías que comienzan con d y son fáciles de recordar, sobre todo si las relacionamos con la palabra daño y destrucción:

· Depredador

· Descarriado

· Don Juan.

El rasgo sobresaliente del Don Juan es precisamente su naturaleza enamoradiza. El romance es lo que le motiva, en este caso, a transgredir la ética sexual del ministro. Lebacqz y Barton lo describen así:

Este pastor sabe que desarrollar una relación sexual con una congregante es sospechoso y procura guardarse diligentemente de cualquier comportamiento inapropiado. Pero… se enamora”.[5]

Así es. El Don Juan se “enamora”, y al hacerlo, naturalmente afloran sus dotes de conquistador e inicia un romance. Romance que por lo general se desarrolla a partir de la consejería pastoral, el confesionario, o una relación laboral en donde se nublaron los límites profesionales y jerárquicos. Y en el nombre del amor, el Don Juan justifica ante su conciencia el involucramiento sexual con una subalterna o feligrés. Flores, regalos, cartitas, halagos, atenciones especiales, palabras emotivas. ¡Don Juan está enamorado! No importa si quien está frente a él es la esposa o la hija de un amigo, o si es una oveja nueva en busca de orientación espiritual, quizás una dama queriendo salir de un ciclo de explotación sexual patriarcal, o una menor de edad.

Conclusiones

El depredador es, lógicamente, el tipo de ministro más peligroso de estas tres categorías. Su falta de empatía con las personas que daña, la premeditación con que acecha a sus víctimas y su capacidad para manipular su entorno, suelen desembocar en escenarios devastadores. Grenz hace notar que al ser descubierto, el depredador generalmente “utilizará todos los medios en su poder para destruir a aquellos que presentan acusaciones contra él, o a aquellos que apoyan a los denunciantes”.[6] Esto se traduce en feroces negaciones, y a veces en demandas legales y acciones intimidatorias, sin excluir la violencia. Dado que una iglesia es el contexto en que la delincuencia sexual pastoral ocurre, una de las aristas más dramáticas es la polarización que hacen de los fieles para mantenerse en el poder y desacreditar a sus denunciantes. Dependiendo de sus recursos intelectuales y retóricos, utilizan para lograr esto un repertorio de “armas doctrinales” y manipulación de miedos y símbolos sagrados. Este proceso asegura que el depredador tenga a su lado gente que lo defienda. Como resultado, en el caso de las mujeres seducidas estas son revictimizadas, convertidas ahora en “enemigas de la obra de Dios” por haber denunciado. Cuando el ministro logra allegarse las lealtades de la familia de la afectada, la situación puede convertirse en una pesadilla para ella.

El descarriado y el Don Juan, respectivamente, suelen responder de maneras mucho más moderadas ante denuncias. El daño a las feligreses es, sin embargo, grave. Incesto espiritual es un concepto contemporáneo que ayuda a explicar el tipo de sentimientos y crisis que provoca en las mujeres el ser explotadas sexualmente por ministros. Los pastores y sacerdotes en nuestra cultura, además de asumir con frecuencia roles paternos sustitutos, suelen ser vistos como padres espirituales o padres en la fe, en términos teológicos. Esta relación tiene una connotación sacra que sin lugar a dudas ayuda a entender lo complicado y profundo que puede resultar un abuso de confianza ministerial para una mujer. El estrés postraumático y la depresión clínica son cuadros cada vez más identificados en mujeres explotadas sexualmente por ministros. Son estas consecuencias en los feligreses, consecuencias devastadoras, clínicamente cuantificables, y con frecuencia procedentes jurídicamente, las que marcan la pauta acerca de cómo deben proceder las iglesias con los ministros que adulteran o agreden sexualmente al rebaño.

Independientemente de sus motivaciones y de su clasificación, sean depredadores, donjuanes o descarriados, necesitan ser removidos de inmediato de su cargo pastoral por sus autoridades eclesiásticas. Y si éstas se niegan a actuar, les corresponde entonces a las respectivas comunidades de creyentes destituir a dichos ministros.

Una iglesia se constituye, después de todo, de los creyentes, no de los ministros. Éstos son solo parte de la iglesia y su única razón de ser es contribuir al bienestar integral de la misma. En este sentido las aspiraciones, vocación y futuro profesional del líder religioso que ha abusado, son asuntos absolutamente secundarios y no deben ser el enfoque de la discusión. La seguridad física y emocional y la salud espiritual, de una comunidad de creyentes es la prioridad.

Éste no es un principio negociable. Si por haber sido destituido, un pastor o sacerdote necesita dedicarse a otro oficio como trabajar de taxista para ganar su sustento, o si tiene que prepararse para otra profesión, es finalmente consecuencia de sus propias decisiones. Cuando un abogado o un médico viola determinados estatutos profesionales, pierde su licencia para ejercer. ¿Por qué debería ser distinto con los ministros? El amor y la compasión cristiana son a menudo invocados para tratar de justificar la permanencia de ministros adúlteros, incluso con perfiles depredadores, en sus puestos. El amor a quién, debemos preguntarnos de inmediato ante semejantes argumentos. El amor cristiano, entendido como la regla de oro de Jesús, no antepone los intereses personales de un ministro egoísta por encima de la seguridad de los creyentes. Quienes abogan por la permanencia de ministros adúlteros —hay quienes aún defiende la permanencia de pederastas—en sus puestos, arriesgan a los feligreses en forma irresponsable, y a menudo criminal.

Tomado del capítulo 5, Incesto espiritual: el crimen del Reverendo Jackson
La explotación de la fe
Ediciones B
2008


[1] Marie M. Fortune. “Is Nothing Sacred?” op. cit., p.47.

[2] Stanley Grenz, op. cit., p.40.

[3] Ibíd., p. 41.

[4] Marie Fortune. op. cit., p. 156.

[5] Karen Lebacqz y Ronald Barton, Sex in the Parish, Louisville, Kentucky: Westminster, 1991, p.129.

[6] Grenz. op. cit., p. 42.

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