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Book Review:

The Exploitation of Faith: Pastors Who Abuse Sexually and Economically

By Jorge Erdely

Ediciones B. 2008. ISBN: 978-970-710-268-3. Amazon.com: $19.95 (paperback). 376 pages.

Despite the fact that sexual abuse and financial exploitation in Catholic and Protestant churches are just as present in Latin America as in the rest of the world, there are few books that address this issue for a Latin American audience. Jorge Erdely’s La explotación de la fe: pastores que abusan sexual y económicamente is a welcome contribution in this regard. Erdely documents cases of church abuse specifically in Mexico, but they are also common to other Latin American countries. Girls, boys, and women, including nuns, are the most vulnerable and targeted populations for sexual abuse. But when it comes to financial exploitation, no one is safe. Lies, shaming tactics, stealing of inheritances, and threatening of both female and male members with expulsion from the congregation unless they pay up are not alien practices to greedy clergy in both Catholic and Protestant churches.According to Erdely, justice is rarely served, even when some pedophiles confess. Priests continue to perform their liturgical duties and to have contact with children and parishioners. Ironically, victims of abuse from Catholic priests had more rights during colonial times than they do today. For example, seventeenth-century Jesuit priest Gaspar de Villarias harassed and abused more than ninety women in Mexico in his lifetime. After having confessed his sexual transgressions in 1625, he was stripped of his priestly functions and put under a two-year monastic arrest. This was a far harsher punishment than any actions taken today against dishonest and abusive priests, some of whose victims run in the hundreds.

Erdely says that women who see male doctors or psychotherapists are less at risk for inappropriate sexual advances than women who turn to their priests or pastors for help. Always under public scrutiny, at least doctors and therapists have professional codes of ethics and can have their licenses removed, or can even face jail sentences. Priests and ministers receive minimal reprimands and negligible punishments—if any—from their churches.

The Catholic Church has consistently protected its priests despite overwhelming proof of wrongdoing; there is simply too much invested in protecting what Erdely calls its “institutional image” and reputation. Protestant churches have had their share of scandals, too. Erdely mentions troubling cases in Jehovah’s Witnesses, as well as in Anglican and Neo-Pentecostal churches. Nevertheless, the situation is worse with independent churches with no denominational affiliation. Lacking formal checks and balances, pastors of independent churches answer to no one but themselves, and therefore are more prone to foster environments where abuse and excess may run rampant.

In both Catholic and Protestant churches, peers, even when they have been informed of their fellow clergymen’s misconduct, rarely side with the congregation, says Erdely. Plain cowardice, blind loyalty, denial, lack of empathy for human suffering, complicity, and professional ambitions are among the reasons Erdely lists for peers’ silence on the issue.

Authoritarianism, thirst for absolute control, manipulation, dogmatism, fear tactics, shaming techniques, group pressure, and the twisting of scriptures and doctrine to fit the needs of the clergy are signs churchgoers should be wary of. Erdely finds support in biblical passages for fighting back, and he encourages readers to leave abusive groups and to sue and publicly denounce them if possible.

La explotación de la fe has an appendix with Internet sources for people seeking help and information about clergy abuse. As of yet, there are few Websites in Spanish that specifically address abuse in mainstream and non-mainstream religious organizations. Erdely lists two: http://www.religionesysociedad.org and http://www.revistaacademica.com. I couldn’t help but notice that he also could have included http://www.sectas.org, a comprehensive Website with articles and links to recommended books and videos on abuse in both mainstream and nonmainstream groups. This omission aside, La explotación de la fe is a much-needed introduction to the very real situation of sexual abuse and financial exploitation in Latin American churches today.

Katherine V. Masís
International Journal of Cultic Studies, Vol. 1, No. 1, 2010

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Hemos recibido varios comentarios de personas interesadas en conocer los libros escritos por el Dr. Jorge Erdely. En respuesta a su solicitud les proporciono estos enlaces.

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Página oficial del autor

ATTE
WEBMASTER

El Cardenal y el pederasta: impunidad total

El lenguaje político esta diseñado para hacer que las mentiras suenen verosímiles.
George Orwell

Hasta donde tengo conocimiento, en México no ha habido un solo reporte documentado ante las autoridades civiles o eclesiásticas de algún sacerdote pederasta.

Cardenal Norberto Rivera Carrera
Arzobispo Primado de la Ciudad de México.
Julio de 2002, entrevista a la revista 30 Giorni.

En octubre de 1994, Joaquín, un niño de 13 años, fue violado salvajemente por el sacerdote diocesano Nicolás Aguilar Rivera, vicario de la parroquia de San Antonio de las Huertas, en la Ciudad de México. El crimen ocurrió en la rectoría del templo. Mientras lo violaba, sólo unos metros afuera, el cura titular, Antonio Núñez, oficiaba misa.

Joaquín no podía saberlo. Para entonces, el padre Nicolás, llevaba al menos 86 victimas, 60 reconocidos por autoridades católicas de Puebla en 1997, y 26 más que reportó el Departamento de Policía de Los Ángeles, California, nueve años antes, en 1988. Al padre Nicolás se le abrieron dos procesos penales, uno en cada país por los ilícitos. No pisó nunca la cárcel. Incardinado en la Diócesis de Tehuacán, su obispo en aquellas fechas era Norberto Rivera. De acuerdo con nuevos documentos oficiales de la Iglesia a los cuales hasta hace poco no se podía acceder, el ahora cardenal y arzobispo primado de la Ciudad de México, Norberto Rivera Carrera, siempre estuvo al tanto de dónde estaba su sacerdote pederasta. Nadie más le podía otorgar los permisos para oficiar en las distintas parroquias católicas a las que se le promocionó como vicario durante 20 años.  El padre Nicolás sigue oficiando como sacerdote y en contacto con menores de edad.

El caso del religioso con más víctimas sexuales en la historia mexicana fue el del  sacerdote Gaspar de Villarias, que se remonta al siglo XVII. De acuerdo con documentos del Archivo General de la Nación y del Tribunal del Santo Oficio, entre 1610 y 1620, Villarias utilizó su posición de presbítero y el secreto de confesión para abusar de más de 90 mujeres católicas de todos los estratos socioeconómicos. Se puede decir que fue el caso más notable de la época colonial, cuya repercusión llegó hasta Roma.

Hoy, el padre Nicolás Aguilar Rivera ha rebasado —en número y sordidez— ese récord de ignominia, al violar, ultrajar y explotar sexualmente a alrededor de cien niños, también al amparo de su puesto y utilizando lo mismo el espacio de hogares católicos que le abrieron las puertas, que  templos y edificios parroquiales. Continuar leyendo el capítulo

¿Como tratan las iglesias hoy en día los casos de seducción a feligresas por parte de ministros? ¿Qué hay de los que, encima, cometen adulterio con ellas? ¿Los sancionan o los solapan? ¿Los cambian de templo y ya, como sucede con muchos curas pederastas, o les cancelan el permiso para ejercer el ministerio? ¿Tienen estándares de ética más altos las asociaciones profesionales del mundo que las iglesias contemporáneas, so pretexto de lo que Bonhoeffer llamo cheap grace?

Cuando un ministro religioso, cura, pastor, diacono, “líder de alabanza” 1, etcétera, se involucra sexualmente con alguien que se encuentra bajo su cuidado espiritual —el caso clásico en Latinoamérica es el de un ministro casado y una feligrés mayor de edad 2—, existe una relación de inequidad que pone en desventaja importante a la mujer. Esto sucede porque el pastor tiene una relación jerárquica de autoridad sobre sus congregantes y frecuentemente tiene acceso a información privada sobre vulnerabilidades personales de las mismas. Dicha información es obtenida a menudo a través de la consejería pastoral, en la confesión de situaciones personales, o proporcionada por terceros que confían en el líder espiritual para ayudar a un ser querido.

Explotando vulnerabilidades

La posesión de dicha información pone en un estado especial de vulnerabilidad a las mujeres. El acceso a información privada, aunada a la relación de confianza, admiración y respeto por la investidura en que se proporciona la misma, así como la posición de subordinación jerárquica de la oveja hacia el ministro, hacen que las relaciones románticas y sexuales sean inherentemente explotativas por parte del líder. Como explica Petter Rutter 3, no se trata realmente de relaciones en condiciones de igualdad. En todos los casos se trata, pues, de un abuso de poder por parte del ministro, sacerdote o pastor. No se requiere que exista uso de la fuerza o coerción para calificarlo así.

Cuando existe además adulterio, esto agrava y complica más el caso, pues implica a su vez la traición a la confianza de hijos, familiares y cónyuges por una o ambas partes.

En palabras del eticista Stanley Grenz, ¿implica esto entonces que “cada acto sexual entre una congregante y su pastor conlleva implícitamente un abuso de poder y es un acto de traición de confianza”?4 Basándose en las investigaciones de la especialista Marie M. Fortune, responde:

“Cualquiera que sea su motivación, la congregante entra a esa relación con una vulnerabilidad especial…Así es que ella se encuentra en una posición de desigualdad en cuanto a él”.5

Por eso, Grenz y la doctora Fortune coinciden que para que no hubiese una relación de desventaja para la mujer —y por ende explotativa—, ambos tendrían que relacionarse en condiciones de verdadera equidad. Aun es cuestionable legalmente el “pleno consentimiento” a la relación sexual en dichos casos, aunque en apariencia la haya, y aunque en eso se escuden muchos ministros explotadores.

Volviendo a la pregunta de Grenz, si cualquier relación entre un ministro y una feligrés, es necesaria e inherentemente explotativa —y por lo tanto una grave falta de ética profesional—, esa conducta requiere ser identificada, confrontada, y denunciada.

Criterios profesionales seculares

Un ejemplo de las normas que rigen a los profesionales de la salud mental en países democráticos industrializados puede ilustrar bien el punto. Las asociaciones y colegios de psiquiatras y psicoterapeutas suspenden la licencia para ejercer dichas profesiones a sus miembros si éstos se involucran en relaciones sexuales con sus pacientes, aunque éstos sean adultos. De hecho, en algunos países es requerido por ley que un psiquiatra o psicoanalista haya dejado de atender por varios años a su paciente antes de que le sea lícito entablar una relación romántica o íntima con él o ella.

Las razones son las mismas que comentan Marie Fortune, Grenz y otros especialistas: el profesional de la salud mental tiene una relación privilegiada de confianza con su paciente, relación cuyo propósito es contribuir al bienestar del mismo. En virtud de esa relación y con la expectativa de la mejoría en mente, el paciente revela voluntariamente ante el profesional áreas vulnerables de su vida privada. Frecuentemente le confiará aspectos de su pasado, de sus miedos y sueños y metas, de su vida íntima sentimental y/o sexual, información que en otras circunstancias no comentaría con otras personas en tal detalle o amplitud. Esa información puede ser ofrecida inicialmente por el paciente o inquirida por el profesional para diagnosticar una problemática. Si el psiquiatra o terapeuta no utiliza éticamente esa información y en vez de ello decide usarla para obtener gratificación sexual y/o afectiva, la paciente está en terrible desventaja ante el depredador, pues es susceptible muy fácilmente a ser manipulada. El terapeuta, en cambio, no requiere de proporcionar información privada a la contraparte ni acude a la consulta con la expectativa de recibir ayuda. El reconocimiento de esa vulnerabilidad ha dado lugar a que existan normas que regulen la relación profesional de la salud mental-paciente en los países civilizados.

Por supuesto, no todos los psiquiatras y terapeutas respetan el código ético que rige su trato con las pacientes. Algunos deciden no hacerlo y cuando son descubiertos tienen, a diferencia de la mayoría de los ministros religiosos, consecuencias. Penas de cárcel, demandas civiles, escrutinio público. Es común que se les suspendan y en ocasiones se les cancelen de por vida sus licencias profesionales. Esto es, no pueden volver a ejercer su profesión; de hacerlo, incurren en serias sanciones. Esto sucede tratándose de la actividad sexual entre un profesional de la salud adulto y su cliente adulta en una relación de “mutuo consentimiento” en el ámbito secular. ¿Como tratan las iglesias hoy en día los casos de seducción a feligresas por parte de ministros? ¿Qué hay de los que, encima, cometen adulterio con ellas? ¿Los sancionan o los solapan? ¿Los cambian de templo y ya, como sucede con muchos curas pederastas, o les cancelan el permiso para ejercer el ministerio? ¿Tienen estándares de ética más altos las asociaciones profesionales del mundo que las iglesias contemporáneas, so pretexto de lo que Bonhoeffer llamo cheap grace?

La relación sexual entre un líder religioso y cualquiera de sus congregantes —indistintamente si involucra el adulterio— es, además de una violación de la ética cristiana a la que los ministros se suscriben, un abuso de poder que no puede minimizarse. Es de hecho, el signo distintivo de un explotador profesional y trae graves consecuencias —en ocasiones devastadoras— para las creyentes que se dejan deslumbrar por el estatus, poder, por la aparente sapiencia, por la solicitud y empatía, o por el carisma, el talento u otros señuelos con que medran muchos explotadores de la fe con pocos escrúpulos.

Tomado y adaptado de Seducción en el seminario.

La Explotación de la Fe

Ediciones B

2008

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1 Este cargo, líder de alabanza, ha cobrado enorme autoridad en movimientos carismáticos católicos y en el neopentecostalismo, a veces, a la par, o más, que la del pastor y el sacerdote. Rebasa la idea tradicional del cantor o el director del coro o encargado de la música y se idealiza como dechado de espiritualidad en la misma medida en que la música ha venido adquiriendo un papel preponderante en el culto y la vida de esos movimientos.

2 Excluyendo, obviamente, la pederastia, tan prevaleciente entre el clero católico. Véase Manto púrpura: pederastia clerical en tiempos del cardenal Norberto Rivera Carrera, de Sanjuana Martínez (México DF: Grijalbo, 2006).

3 Peter Rutter, Sex in the forbidden zone: When men in power —therapists, doctor, clergy, teachers and others— Betray Women Trust (Los Angeles: J.P. Tarcher, 1986).

4 Stanley J. Grenz, Roy D. Bell, Betrayal of Trust: Sexual Misconduct in the Pastorate (Downers Grove: Illinois: InterVarsity Press, 1995), pp. 91. Marie M. Fortune, Is nothing sacred? When sex invades the Pastoral Relationship (San Francisco: Harper & Row, 1992).

5 Ibíd., pp. 91-93.

Los especialistas que estudian el comportamiento de los ministros que se involucran sexualmente con sus ovejas reconocen, a grandes rasgos, tres tipos clásicos. Al español se podrían traducir y adaptar estas categorías como sigue: a) El depredador. b) El descarriado. c) El “Don Juan”.

El primero es, por mucho, el que causa más daño. La palabra depredador fue seleccionada por la doctora Marie Fortune, investigadora del Centro para la Prevención de la Violencia Sexual, en Washington, con todo propósito. Depredador evoca ideas de peligro, destrucción y rapacidad que deja a su paso dolor y devastación. Fortune describe así el carácter y comportamiento de este tipo de ministro.

Es manipulador, coercitivo, controlador, rapaz, y a veces violento. También puede ser encantador, brillante, competente y carismático. Le atrae la vulnerabilidad… No es psicótico, pero a menudo es sociopático; esto es, tiene poca o nula conciencia acerca de sus comportamientos transgresores. Usualmente minimizará, mentirá, y negará al ser confrontado. Para este tipo de transgresores el ministerio presenta una oportunidad ideal para obtener acceso a posibles víctimas de todas las edades”.[1]

El doctor Grenz, eticista protestante y autor de un amplio estudio sobre este tema, ofrece, en sus propias palabras, una visión complementaria del depredador.

Fingiendo ser un pastor preocupado, el depredador utiliza su poder y posición para coercionar o manipular. Encubriendo sus intenciones con su puesto ministerial, se mueve deliberadamente más allá de los límites (de conducta) apropiados y lleva con él a sus víctimas”.[2]

Quizás el signo que suele identificar más fácilmente a los ministros en esta categoría es la premeditación. El depredador selecciona cuidadosamente a su víctima y utiliza con alevosía y ventaja una estrategia, usando recursos como los arriba mencionados. El caso ya relatado del reverendo John Jackson es un ejemplo clásico.

Otra característica importante es que pueden ser violentos. Con el paso de los años, el depredador deja tras de sí una larga lista de personas heridas y explotadas. Su conducta a menudo es acompañada de actitudes compulsivas. Por todo esto, esta clase de ministros frecuentemente llega a incurrir en actos criminales. Casi todos los clérigos paidófilos, paradigmas de rapacidad y vileza por antonomasia, caen dentro de esta categoría. Juan Manzo y el padre Nicolás Aguilar son casos típicos.

El descarriado

Quizás la mejor manera de distinguir esta categoría —también de Marie Fortune— de la del depredador, sea ésta: muy rara vez su conducta es criminal y no actúa con premeditación. “Bajo circunstancias normales”, explica Grenz, “él nunca consideraría enredarse sexualmente con una congregante. Sin embargo, una crisis avasalladora, o un momento crítico de transición en su vida, puede inclinar la balanza, llevándole a transgredir el límite…[3]

El hecho de que no suela ser violento ni actúe con premeditación no atenúa el daño que causa a sus feligreses. De acuerdo con Fortune, este tipo de ministro tiene problemas de raíz en su carácter. Básicamente, muestra dificultad para mantener límites apropiados en sus relaciones interpersonales. Es también emocionalmente inmaduro y tiene alto riesgo de involucrarse sentimental y/o sexualmente con alguna feligrés que lo tenga en alta estima. El descarriado suele tener sentimientos de frustración profesional y a menudo se siente solo y aislado.[4]

El aprecio, la atención, los halagos o la adulación de una congregante admiradora —frecuentemente en una relación de consejería pastoral—, es el catalizador para que el ministro inicie una relación sexual con su oveja. En otras palabras, si la ocasión se presenta, explota su posición pastoral para tratar de suplir sus necesidades afectivas y/o aliviar su tensión. La clave para entender esto es el evento de estrés por el episodio de crisis con que se asocia esta conducta. La relación semántica con el nombre de la clasificación resulta así obvia. Estas personas, al tener problemas en guardar distancias profesionales prudentes y límites apropiados en sus relaciones son vulnerables a descarriarse (a desviarse del curso ético de conducta que su cargo exige). Y esta vulnerabilidad se actualiza cuando se presenta un factor de estrés importante en su vida. Esto puede ser una crisis matrimonial, familiar, en su iglesia, o en su propio ministerio. Finalmente se debe notar que la reacción del descarriado cuando es descubierto en un enredo sexual, suele ser menos defensiva y agresiva que la de un depredador. No es inusual que luego de algunas resistencias, reconozca su situación al ser confrontado.

El Don Juan o el ministro romántico

En su libro Betrayal of Trust: sexual misconduct in the pastorate, Grenz propone una categoría adicional a las dos anteriores de la doctora Fortune. Podría traducirse al español, como el romántico. Por pragmatismo nemotécnico, he preferido denominarla “El Don Juan”, en referencia al drama clásico Don Juan Tenorio del español José Zorrilla. Aunque el Tenorio de ficción era más bien un galante conquistador, un rompecorazones, en esta clasificación Don Juan es sólo un ministro enamoradizo, no menos galante. De esta manera, nos quedamos con tres grandes categorías que comienzan con d y son fáciles de recordar, sobre todo si las relacionamos con la palabra daño y destrucción:

· Depredador

· Descarriado

· Don Juan.

El rasgo sobresaliente del Don Juan es precisamente su naturaleza enamoradiza. El romance es lo que le motiva, en este caso, a transgredir la ética sexual del ministro. Lebacqz y Barton lo describen así:

Este pastor sabe que desarrollar una relación sexual con una congregante es sospechoso y procura guardarse diligentemente de cualquier comportamiento inapropiado. Pero… se enamora”.[5]

Así es. El Don Juan se “enamora”, y al hacerlo, naturalmente afloran sus dotes de conquistador e inicia un romance. Romance que por lo general se desarrolla a partir de la consejería pastoral, el confesionario, o una relación laboral en donde se nublaron los límites profesionales y jerárquicos. Y en el nombre del amor, el Don Juan justifica ante su conciencia el involucramiento sexual con una subalterna o feligrés. Flores, regalos, cartitas, halagos, atenciones especiales, palabras emotivas. ¡Don Juan está enamorado! No importa si quien está frente a él es la esposa o la hija de un amigo, o si es una oveja nueva en busca de orientación espiritual, quizás una dama queriendo salir de un ciclo de explotación sexual patriarcal, o una menor de edad.

Conclusiones

El depredador es, lógicamente, el tipo de ministro más peligroso de estas tres categorías. Su falta de empatía con las personas que daña, la premeditación con que acecha a sus víctimas y su capacidad para manipular su entorno, suelen desembocar en escenarios devastadores. Grenz hace notar que al ser descubierto, el depredador generalmente “utilizará todos los medios en su poder para destruir a aquellos que presentan acusaciones contra él, o a aquellos que apoyan a los denunciantes”.[6] Esto se traduce en feroces negaciones, y a veces en demandas legales y acciones intimidatorias, sin excluir la violencia. Dado que una iglesia es el contexto en que la delincuencia sexual pastoral ocurre, una de las aristas más dramáticas es la polarización que hacen de los fieles para mantenerse en el poder y desacreditar a sus denunciantes. Dependiendo de sus recursos intelectuales y retóricos, utilizan para lograr esto un repertorio de “armas doctrinales” y manipulación de miedos y símbolos sagrados. Este proceso asegura que el depredador tenga a su lado gente que lo defienda. Como resultado, en el caso de las mujeres seducidas estas son revictimizadas, convertidas ahora en “enemigas de la obra de Dios” por haber denunciado. Cuando el ministro logra allegarse las lealtades de la familia de la afectada, la situación puede convertirse en una pesadilla para ella.

El descarriado y el Don Juan, respectivamente, suelen responder de maneras mucho más moderadas ante denuncias. El daño a las feligreses es, sin embargo, grave. Incesto espiritual es un concepto contemporáneo que ayuda a explicar el tipo de sentimientos y crisis que provoca en las mujeres el ser explotadas sexualmente por ministros. Los pastores y sacerdotes en nuestra cultura, además de asumir con frecuencia roles paternos sustitutos, suelen ser vistos como padres espirituales o padres en la fe, en términos teológicos. Esta relación tiene una connotación sacra que sin lugar a dudas ayuda a entender lo complicado y profundo que puede resultar un abuso de confianza ministerial para una mujer. El estrés postraumático y la depresión clínica son cuadros cada vez más identificados en mujeres explotadas sexualmente por ministros. Son estas consecuencias en los feligreses, consecuencias devastadoras, clínicamente cuantificables, y con frecuencia procedentes jurídicamente, las que marcan la pauta acerca de cómo deben proceder las iglesias con los ministros que adulteran o agreden sexualmente al rebaño.

Independientemente de sus motivaciones y de su clasificación, sean depredadores, donjuanes o descarriados, necesitan ser removidos de inmediato de su cargo pastoral por sus autoridades eclesiásticas. Y si éstas se niegan a actuar, les corresponde entonces a las respectivas comunidades de creyentes destituir a dichos ministros.

Una iglesia se constituye, después de todo, de los creyentes, no de los ministros. Éstos son solo parte de la iglesia y su única razón de ser es contribuir al bienestar integral de la misma. En este sentido las aspiraciones, vocación y futuro profesional del líder religioso que ha abusado, son asuntos absolutamente secundarios y no deben ser el enfoque de la discusión. La seguridad física y emocional y la salud espiritual, de una comunidad de creyentes es la prioridad.

Éste no es un principio negociable. Si por haber sido destituido, un pastor o sacerdote necesita dedicarse a otro oficio como trabajar de taxista para ganar su sustento, o si tiene que prepararse para otra profesión, es finalmente consecuencia de sus propias decisiones. Cuando un abogado o un médico viola determinados estatutos profesionales, pierde su licencia para ejercer. ¿Por qué debería ser distinto con los ministros? El amor y la compasión cristiana son a menudo invocados para tratar de justificar la permanencia de ministros adúlteros, incluso con perfiles depredadores, en sus puestos. El amor a quién, debemos preguntarnos de inmediato ante semejantes argumentos. El amor cristiano, entendido como la regla de oro de Jesús, no antepone los intereses personales de un ministro egoísta por encima de la seguridad de los creyentes. Quienes abogan por la permanencia de ministros adúlteros —hay quienes aún defiende la permanencia de pederastas—en sus puestos, arriesgan a los feligreses en forma irresponsable, y a menudo criminal.

Tomado del capítulo 5, Incesto espiritual: el crimen del Reverendo Jackson
La explotación de la fe
Ediciones B
2008


[1] Marie M. Fortune. “Is Nothing Sacred?” op. cit., p.47.

[2] Stanley Grenz, op. cit., p.40.

[3] Ibíd., p. 41.

[4] Marie Fortune. op. cit., p. 156.

[5] Karen Lebacqz y Ronald Barton, Sex in the Parish, Louisville, Kentucky: Westminster, 1991, p.129.

[6] Grenz. op. cit., p. 42.

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La denuncia documentada, verificable, tiene funciones sociales imprescindibles. Crea conciencia pública y memoria histórica. Saca a relucir lo oculto, lo que corroe a la sociedad desde sus entrañas; erosiona la cultura del silencio. Impulsa los derechos humanos, desemboza a esa impunidad letal que se recubre de piedad benefactora. Da voz a quienes no han podido relatar su tragedia. Consignada en textos, es un antídoto contra la indiferencia del olvido. Los libros permiten plasmarla con más amplitud y textura que la que suelen permitir los formatos noticiosos, frecuentemente breves.

Tomado del libro La explotación de la fe
Ediciones B
2008

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La coronación Pascual Chávez Villanueva, rector mayor de la orden de los salesianos y protector del pederasta, posando junto a niños y niñas.

 

“Como en aquel día en que hice mi primera consagración al sacerdocio, hoy quiero decir, una vez más: Sí, Señor.”

 

Una aclamación que parecía interminable lo interrumpió.

 

“Yo acepto la decisión de esta asamblea como la voluntad de Dios”. Otra catarata de aplausos inundó la casa generalizia en Roma.

 

La orden de los salesianos acababa de elegir como su máximo líder a un notorio protector de sacerdotes pederastas.

 

El padre Pascual Chávez pronunció después, con diáfana mirada, un breve discurso inaugural. A continuación vino el tradicional besamanos. Los superiores salesianos se acercaron, formando una fila, a rendirle homenaje. Se acaba de convertir, nada menos, que en sucesor de Don Bosco. Llovían, como un sello de aprobación sobre su ejemplar trayectoria sacerdotal los elogios del selecto grupo de religiosos invitados. Era el pináculo de la carrera eclesiástica del cura del Bajío. El único mexicano, de hecho, que actualmente dirige una orden religiosa del abolengo de los salesianos de Don Bosco, una de las más grandes del mundo. Primer rector mayor, cuyo linaje no era italiano. El noveno sucesor del legendario fundador.

 

Es curioso. Nadie lo ha cuestionado hasta la fecha sobre aquellos cincuenta niños abusados sexualmente por uno de sus curas en León, Guanajuato, cuando Pascual Chavez era un modesto supervisor de la zona.

 

Al día siguiente, el 4 de abril de 2002, el padre Chávez pronunció su primera homilía oficial en una velada especial. Exaltando a su predecesor, el padre Juan Vecci, otro connotado protector de curas paidófilos, prosiguió hablando de sus modestos inicios como un sencillo sacerdote mexicano. Dijo a la concurrencia:

 

“Invito a la familia salesiana y a todos los aquí presentes a un profundo compromiso con la juventud, especialmente con los jóvenes pobres y marginalizados, a renovar nuestra dedicación y servicio a la Iglesia, a amar e imitar el ejemplo que nos legó Don Bosco; llevando dentro de nosotros su carisma y ejemplo a las diferentes comunidades y culturas de donde hemos venido”.

 

A la homilía siguió otro festejo, más vino de honor y plegarias por el nuevo rector mayor. Ese mismo día ofició misa y concedió su primera entrevista a la prensa.

 

Es un misterio por qué dejó continuar al sacerdote Juan Manzo en su puesto, brindándole amplia protección, cuando ya sabía de los abusos. Luego, cuando estalló el escándalo y quiso maquillar las apariencias, lo trasladó —en un acto de singular piedad— a trabajar con niños indígenas mixes a la sierra de Oaxaca. Allá está, hasta hoy.

 

“Esta cultura de hoy, tan secularizada, tan materialista, tan hedonista, tiene una gran necesidad de ser purificada…” , continuó su discurso el hoy rector mundial de los salesianos.

 

Tomado del libro La explotación de la fe.

Ediciones B.

2008

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