Los especialistas que estudian el comportamiento de los ministros que se involucran sexualmente con sus ovejas reconocen, a grandes rasgos, tres tipos clásicos. Al español se podrían traducir y adaptar estas categorías como sigue: a) El depredador. b) El descarriado. c) El “Don Juan”.

El primero es, por mucho, el que causa más daño. La palabra depredador fue seleccionada por la doctora Marie Fortune, investigadora del Centro para la Prevención de la Violencia Sexual, en Washington, con todo propósito. Depredador evoca ideas de peligro, destrucción y rapacidad que deja a su paso dolor y devastación. Fortune describe así el carácter y comportamiento de este tipo de ministro.

Es manipulador, coercitivo, controlador, rapaz, y a veces violento. También puede ser encantador, brillante, competente y carismático. Le atrae la vulnerabilidad… No es psicótico, pero a menudo es sociopático; esto es, tiene poca o nula conciencia acerca de sus comportamientos transgresores. Usualmente minimizará, mentirá, y negará al ser confrontado. Para este tipo de transgresores el ministerio presenta una oportunidad ideal para obtener acceso a posibles víctimas de todas las edades”.[1]

El doctor Grenz, eticista protestante y autor de un amplio estudio sobre este tema, ofrece, en sus propias palabras, una visión complementaria del depredador.

Fingiendo ser un pastor preocupado, el depredador utiliza su poder y posición para coercionar o manipular. Encubriendo sus intenciones con su puesto ministerial, se mueve deliberadamente más allá de los límites (de conducta) apropiados y lleva con él a sus víctimas”.[2]

Quizás el signo que suele identificar más fácilmente a los ministros en esta categoría es la premeditación. El depredador selecciona cuidadosamente a su víctima y utiliza con alevosía y ventaja una estrategia, usando recursos como los arriba mencionados. El caso ya relatado del reverendo John Jackson es un ejemplo clásico.

Otra característica importante es que pueden ser violentos. Con el paso de los años, el depredador deja tras de sí una larga lista de personas heridas y explotadas. Su conducta a menudo es acompañada de actitudes compulsivas. Por todo esto, esta clase de ministros frecuentemente llega a incurrir en actos criminales. Casi todos los clérigos paidófilos, paradigmas de rapacidad y vileza por antonomasia, caen dentro de esta categoría. Juan Manzo y el padre Nicolás Aguilar son casos típicos.

El descarriado

Quizás la mejor manera de distinguir esta categoría —también de Marie Fortune— de la del depredador, sea ésta: muy rara vez su conducta es criminal y no actúa con premeditación. “Bajo circunstancias normales”, explica Grenz, “él nunca consideraría enredarse sexualmente con una congregante. Sin embargo, una crisis avasalladora, o un momento crítico de transición en su vida, puede inclinar la balanza, llevándole a transgredir el límite…[3]

El hecho de que no suela ser violento ni actúe con premeditación no atenúa el daño que causa a sus feligreses. De acuerdo con Fortune, este tipo de ministro tiene problemas de raíz en su carácter. Básicamente, muestra dificultad para mantener límites apropiados en sus relaciones interpersonales. Es también emocionalmente inmaduro y tiene alto riesgo de involucrarse sentimental y/o sexualmente con alguna feligrés que lo tenga en alta estima. El descarriado suele tener sentimientos de frustración profesional y a menudo se siente solo y aislado.[4]

El aprecio, la atención, los halagos o la adulación de una congregante admiradora —frecuentemente en una relación de consejería pastoral—, es el catalizador para que el ministro inicie una relación sexual con su oveja. En otras palabras, si la ocasión se presenta, explota su posición pastoral para tratar de suplir sus necesidades afectivas y/o aliviar su tensión. La clave para entender esto es el evento de estrés por el episodio de crisis con que se asocia esta conducta. La relación semántica con el nombre de la clasificación resulta así obvia. Estas personas, al tener problemas en guardar distancias profesionales prudentes y límites apropiados en sus relaciones son vulnerables a descarriarse (a desviarse del curso ético de conducta que su cargo exige). Y esta vulnerabilidad se actualiza cuando se presenta un factor de estrés importante en su vida. Esto puede ser una crisis matrimonial, familiar, en su iglesia, o en su propio ministerio. Finalmente se debe notar que la reacción del descarriado cuando es descubierto en un enredo sexual, suele ser menos defensiva y agresiva que la de un depredador. No es inusual que luego de algunas resistencias, reconozca su situación al ser confrontado.

El Don Juan o el ministro romántico

En su libro Betrayal of Trust: sexual misconduct in the pastorate, Grenz propone una categoría adicional a las dos anteriores de la doctora Fortune. Podría traducirse al español, como el romántico. Por pragmatismo nemotécnico, he preferido denominarla “El Don Juan”, en referencia al drama clásico Don Juan Tenorio del español José Zorrilla. Aunque el Tenorio de ficción era más bien un galante conquistador, un rompecorazones, en esta clasificación Don Juan es sólo un ministro enamoradizo, no menos galante. De esta manera, nos quedamos con tres grandes categorías que comienzan con d y son fáciles de recordar, sobre todo si las relacionamos con la palabra daño y destrucción:

· Depredador

· Descarriado

· Don Juan.

El rasgo sobresaliente del Don Juan es precisamente su naturaleza enamoradiza. El romance es lo que le motiva, en este caso, a transgredir la ética sexual del ministro. Lebacqz y Barton lo describen así:

Este pastor sabe que desarrollar una relación sexual con una congregante es sospechoso y procura guardarse diligentemente de cualquier comportamiento inapropiado. Pero… se enamora”.[5]

Así es. El Don Juan se “enamora”, y al hacerlo, naturalmente afloran sus dotes de conquistador e inicia un romance. Romance que por lo general se desarrolla a partir de la consejería pastoral, el confesionario, o una relación laboral en donde se nublaron los límites profesionales y jerárquicos. Y en el nombre del amor, el Don Juan justifica ante su conciencia el involucramiento sexual con una subalterna o feligrés. Flores, regalos, cartitas, halagos, atenciones especiales, palabras emotivas. ¡Don Juan está enamorado! No importa si quien está frente a él es la esposa o la hija de un amigo, o si es una oveja nueva en busca de orientación espiritual, quizás una dama queriendo salir de un ciclo de explotación sexual patriarcal, o una menor de edad.

Conclusiones

El depredador es, lógicamente, el tipo de ministro más peligroso de estas tres categorías. Su falta de empatía con las personas que daña, la premeditación con que acecha a sus víctimas y su capacidad para manipular su entorno, suelen desembocar en escenarios devastadores. Grenz hace notar que al ser descubierto, el depredador generalmente “utilizará todos los medios en su poder para destruir a aquellos que presentan acusaciones contra él, o a aquellos que apoyan a los denunciantes”.[6] Esto se traduce en feroces negaciones, y a veces en demandas legales y acciones intimidatorias, sin excluir la violencia. Dado que una iglesia es el contexto en que la delincuencia sexual pastoral ocurre, una de las aristas más dramáticas es la polarización que hacen de los fieles para mantenerse en el poder y desacreditar a sus denunciantes. Dependiendo de sus recursos intelectuales y retóricos, utilizan para lograr esto un repertorio de “armas doctrinales” y manipulación de miedos y símbolos sagrados. Este proceso asegura que el depredador tenga a su lado gente que lo defienda. Como resultado, en el caso de las mujeres seducidas estas son revictimizadas, convertidas ahora en “enemigas de la obra de Dios” por haber denunciado. Cuando el ministro logra allegarse las lealtades de la familia de la afectada, la situación puede convertirse en una pesadilla para ella.

El descarriado y el Don Juan, respectivamente, suelen responder de maneras mucho más moderadas ante denuncias. El daño a las feligreses es, sin embargo, grave. Incesto espiritual es un concepto contemporáneo que ayuda a explicar el tipo de sentimientos y crisis que provoca en las mujeres el ser explotadas sexualmente por ministros. Los pastores y sacerdotes en nuestra cultura, además de asumir con frecuencia roles paternos sustitutos, suelen ser vistos como padres espirituales o padres en la fe, en términos teológicos. Esta relación tiene una connotación sacra que sin lugar a dudas ayuda a entender lo complicado y profundo que puede resultar un abuso de confianza ministerial para una mujer. El estrés postraumático y la depresión clínica son cuadros cada vez más identificados en mujeres explotadas sexualmente por ministros. Son estas consecuencias en los feligreses, consecuencias devastadoras, clínicamente cuantificables, y con frecuencia procedentes jurídicamente, las que marcan la pauta acerca de cómo deben proceder las iglesias con los ministros que adulteran o agreden sexualmente al rebaño.

Independientemente de sus motivaciones y de su clasificación, sean depredadores, donjuanes o descarriados, necesitan ser removidos de inmediato de su cargo pastoral por sus autoridades eclesiásticas. Y si éstas se niegan a actuar, les corresponde entonces a las respectivas comunidades de creyentes destituir a dichos ministros.

Una iglesia se constituye, después de todo, de los creyentes, no de los ministros. Éstos son solo parte de la iglesia y su única razón de ser es contribuir al bienestar integral de la misma. En este sentido las aspiraciones, vocación y futuro profesional del líder religioso que ha abusado, son asuntos absolutamente secundarios y no deben ser el enfoque de la discusión. La seguridad física y emocional y la salud espiritual, de una comunidad de creyentes es la prioridad.

Éste no es un principio negociable. Si por haber sido destituido, un pastor o sacerdote necesita dedicarse a otro oficio como trabajar de taxista para ganar su sustento, o si tiene que prepararse para otra profesión, es finalmente consecuencia de sus propias decisiones. Cuando un abogado o un médico viola determinados estatutos profesionales, pierde su licencia para ejercer. ¿Por qué debería ser distinto con los ministros? El amor y la compasión cristiana son a menudo invocados para tratar de justificar la permanencia de ministros adúlteros, incluso con perfiles depredadores, en sus puestos. El amor a quién, debemos preguntarnos de inmediato ante semejantes argumentos. El amor cristiano, entendido como la regla de oro de Jesús, no antepone los intereses personales de un ministro egoísta por encima de la seguridad de los creyentes. Quienes abogan por la permanencia de ministros adúlteros —hay quienes aún defiende la permanencia de pederastas—en sus puestos, arriesgan a los feligreses en forma irresponsable, y a menudo criminal.

Tomado del capítulo 5, Incesto espiritual: el crimen del Reverendo Jackson
La explotación de la fe
Ediciones B
2008


[1] Marie M. Fortune. “Is Nothing Sacred?” op. cit., p.47.

[2] Stanley Grenz, op. cit., p.40.

[3] Ibíd., p. 41.

[4] Marie Fortune. op. cit., p. 156.

[5] Karen Lebacqz y Ronald Barton, Sex in the Parish, Louisville, Kentucky: Westminster, 1991, p.129.

[6] Grenz. op. cit., p. 42.

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La leyenda de la infalibilidad papal está presente tanto en el catolicismo como, en cierta manera, en el protestantismo contemporáneo. A menudo, se aplica una simple extrapolación de este arquetipo para que perciba a cualquier ministro religioso como incuestionable, como un ser humano superior o incluso divinizado.

Planteémoslo así: ¿en que idea se refugia esa multitud vergonzante de ministros religiosos fraudulentos, y aun criminales sexuales que ocupan los encabezados de los periódicos cada semana? En el mito de que su cargo les confiere estatus de seres especiales, una cierta inmunidad a las normas. Cuánta gente sufre callada, y por años, abusos inconcebibles. Cuántos son testigos de infamias bien corroboradas y permanecen mudos, dudando, cuando en otro contexto tendrían las cosas claras y hablarían. Es más, se movilizarían para hacer algo y defender a quienes son víctimas. Pero es en el ámbito de las creencias en que el abuso religioso ejerce su influjo, como una suerte de hechizo. En eso estriba su impunidad, su amplio margen de maniobra entre el rebaño: no es un ser humano común quien comete el delito. No es como el resto de los mortales. Es el cura, el ministro. Alguien especial.

Eso dice el mito, pero si Pedro no fue infalible, ni reclamó o imaginó jamás serlo, entonces existe una base teológica para establecer el derecho de los feligreses a solicitar la estricta rendición de cuentas de parte de sus ministros y que comiencen a derrumbarse los fueros monárquicos medievales.

Tomado del capítulo 12, Los límites de la autoridad pastoral
La explotación de la fe
Ediciones B
2008

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La denuncia documentada, verificable, tiene funciones sociales imprescindibles. Crea conciencia pública y memoria histórica. Saca a relucir lo oculto, lo que corroe a la sociedad desde sus entrañas; erosiona la cultura del silencio. Impulsa los derechos humanos, desemboza a esa impunidad letal que se recubre de piedad benefactora. Da voz a quienes no han podido relatar su tragedia. Consignada en textos, es un antídoto contra la indiferencia del olvido. Los libros permiten plasmarla con más amplitud y textura que la que suelen permitir los formatos noticiosos, frecuentemente breves.

Tomado del libro La explotación de la fe
Ediciones B
2008

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Hay interpretaciones religiosas torcidas que se usan en nuestra cultura con peligrosa frecuencia para tratar de legitimar abusos. Especialmente cuando impiden ver a criminales y depredadores como lo que son. Por ejemplo, el pederasta con más víctimas documentadas en la historia contemporánea de nuestro país es el sacerdote Nicolás Aguilar. Ha ultrajado a alrededor de cien menores.

Más que el infame Succar Kuri. De hecho, el padre Aguilar es un violador serial. ¿Pero acaso lo percibe así la sociedad en general, la justicia civil, los fieles? No. Por eso es que sigue libre y además, oficiando misas. Su investidura funciona como mecanismo cultural que le garantiza una singular impunidad. Y la ha aprovechado al máximo. Su estatus de sacerdote lo pone en un plano distinto a los demás ciudadanos en la percepción popular. Le otorga impunidad real a casi a todos los niveles.

¿Pero que es un cargo sacerdotal? ¿No emana, finalmente, de creencias religiosas? Exacto. Y eso muestra el poder de las mismas. Cualquier idea que logra que un violador serial ande caminando por la calle tan campante, tomándose fotos con menores y dando misa sin consecuencias, sin la repulsa generalizada de la sociedad, sin la expedita acción de la justicia, no es cualquier cosa. La mera protección política no explica el caso del sacerdote Aguilar. Es por ello, precisamente, que Succar Kuri está en prisión, pero el padre Nicolás Aguilar sigue libre tras dos décadas de pederastia sin freno.

Tomado del libro La explotación de la fe
Ediciones B
2008

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El agresor de la niña Érica Rodríguez tiene nombre y rostro: Manuel Beliz. A pesar de haber sido sentenciado a 11 años de prisión por violación, fue reintegrado a la membresía de los Testigos de Jehová luego de un breve periodo de leve “excomunión”. Durante el juicio penal, el líder contó con amplio apoyo moral de sus amigos Testigos, de las autoridades de su organización y de familiares practicantes de la misma fe. Por su parte, Érica, quien se vio obligada a iniciar el doloroso proceso judicial a la corta edad de 21 años, fue estigmatizada, aislada y considerada “traidora” por haber acudido a las autoridades por haber acudidoSilentLambs Webpage a las autoridades a denunciar al líder que abusó sexualmente de ella de los cuatro a los 11 años de edad.

Lo que más resalta al examinar el caso es una solidaridad feroz en torno al líder religioso mencionado, la cual contrasta con la indiferencia inconcebible hacia una niña que vivió encerrada en un infierno de vergüenza y dolor por siete años. Siete años paralizada ante la amenaza del líder de expulsarla de los Testigos de Jehová a ella y a sus padres si lo denunciaba por violarla.

La solidaridad, un rasgo distintivo de la cultura latina, frecuentemente se pervierte dentro de estructuras religiosas autoritarias. Entonces se torna en encubrimiento y complicidad que favorece el silencio. Esa secrecía en que florece la impunidad que destruye a los más vulnerables.

Tomado del libro La explotación de la fe
Ediciones B
2008

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Contexto

Pocos conocen la rígida estructura patriarcal que ha elaborado lineamientos “divinos” para que no se denuncien a las autoridades los múltiples casos de pederastia por parte de líderes, en su mayoría contra niñas y adolescentes, que ocurren con preocupante frecuencia en los Testigos de Jehová. Hay un sitio de internet que ha documentado decenas de miles de casos. William H. Bowen, quien fuera anciano y miembro de dicha organización por mas de 30 años, ha dirigido con éxito silentlambs.org desde el 2001. Se trata de una asociación no-lucrativa dedicada a documentar este problema y ayudar a victimas. Su incansable trabajo a favor de los derechos humanos de las mujeres y niñas Testigos de Jehová ha sido eficaz. Su página de internet es indispensable para entender esa dimensión poco conocida de los Testigos de Jehová, ese patriarcalismo perverso que no es exclusivo, como muchos piensan y otros desearían, de la jerarquía católica.

www.silentlambs.org tiene información sobre este tema en español e inglés.

 

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Rodrigo Vera
Proceso, 17 de marzo de 2008

Casos documentados de abuso sexual contra menores de edad implican a los salesianos, la congregación religiosa fundada a mediados del siglo XIX por San Juan Bosco. En su libro La explotación de la fe, que acaba de ser puesto en circulación por Ediciones B, el investigador Jorge Erdely afirma que el sacerdote Juan Manzo Cárdenas abusó de 50 menores en una escuela-orfanato que los salesianos tienen en León, Guanajuato, con la protección, nada menos, que del rector mayor de la orden.

Revista Proceso

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CELIBATO: EL MONÓLOGO DE LA JERARQUÍA

Este libro, Votos de castidad, aborda un tema que aun en pleno albor del siglo XXI sigue siendo considerado tabú por vastos sectores de la sociedad y el clero latinoamericanos. Amplios círculos intelectuales y de las culturas políticas oficiales no escapan tampoco a su blindaje. No nos referimos a la —desde hace varias décadas— liberada sexualidad de que presume Occidente, sino a la misteriosa relación de ésta con el cada vez más polémico tema del celibato sacerdotal obligatorio. Por ejemplo, es notorio que aun la mera idea de explorar si el dogma católico del celibato pudiese ser un factor en el creciente problema de la pederastia sacerdotal —y en una variedad de conductas heterosexuales del clero que implican el continuo quebrantamiento del voto de castidad— provoca reacciones que van del mutismo al anatema.

Muestra de lo primero es la casi nula discusión pública que en países de habla hispana como México ha habido sobre el tema, especialmente durante los últimos años, a pesar de su creciente relevancia social. Mientras que en Europa es objeto de cuidadosos análisis y serios cuestionamientos al interior de la Iglesia por parte de laicos, clérigos y teólogos de la misma fe, en América Latina —importante bastión mundial del conservadurismo católico— no sólo el clero y la feligresía evitan discutir sobre la vigencia del voto de castidad de manera pública; intelectuales y estudiosos sin cuño confesional prefieren no profundizar ante un tópico que se antoja insoslayable, relegándolo al olvido o a la intimidad de las charlas de café y, de cuando en cuando, al editorial superficial, de ocasión.

El tema es nuevo, pero también viejo. La literatura universal es de ello testigo. En su faceta chusca, el ingenioso Decamerón de Boccaccio decantaba sobre los italianos en el alto medioevo la crítica social que era vox populi para nobles y plebeyos. De espíritu anticipadamente renacentista, el una vez prohibido libro confecciona historias para relatar, entre otras cosas, anécdotas y deslices sexuales de los sacerdotes italianos, reflejando la corrupción eclesiástica de la época. Mas el Decamerón no discutía la naturaleza del voto de castidad.

En Latinoamérica, el poeta cubano José Martí, adelantándose a su tiempo, prescindió de la sátira y del cuento para cuestionar sin circunlocuciones la conducta sexual del clero y al mismo tiempo la vigencia del ancestral dogma. Escogió, por motivos pedagógicos, la crítica epistolar como género de expresión. En un corto y punzante texto se enfoca en la empobrecida campiña cubana del siglo XIX para denunciar la vida inconsistente del común de los curas que atendían a sus lectores, los campesinos sencillos.

…que te obliga a ti a tener mujer, teniendo él querida, que quiere que tus hijos sean legítimos teniéndolos él naturales, que te dice que debes dar tu nombre a tus hijos y no da él su nombre a los suyos…

Ecos de las prebendas coloniales de que aún gozaba el clero feudal de entonces.

Martí apelaba con su argumento a la experiencia cotidiana del pueblo; de otra manera, su crítica hubiese estado condenada de antemano a caer en oídos sordos. El humanista cubano se levantaba contra lo que veía como una perversión del derecho natural y contra el abuso de la investidura sacerdotal con fines de lucro personal y control social. Volviendo a los sacerdotes provincianos de Cuba, remarcaba:

… te cobra por echar agua en la cabeza de tu hijo, por decir que eres el marido de tu mujer, cosa que ya tú sabes desde que la quieres y te quiere ella; como él te cobra por nacer; por darte la unción, por casarte, por rogar por tu alma, por morir…

Acicateaba, el también prosista, la doble moral de gran parte del clero —aliado aún, a esas alturas de la Corona española— y lo que consideraba la explotación con fines económicos de la superstición del pueblo, colonizado pocos siglos antes a fuerza de mosquetones y sacramentos. En «Hombre del campo», Martí se adelantó a su tiempo, cuestionando la vigencia de dogmas sacros. Simultáneamente, sólo siguió el ímpetu renovador de la efervescencia ideológica de la época. Víctor Hugo y Darwin, Emerson y Karl Marx, y, entre los menos conocidos, el cura irlandés Edward McGlynn, excomulgado en 1887 por apoyar a los marginados reformistas de los barrios pobres de NuevaYork, a cuyo caso le dedicó un par de detalladas crónicas.

El voto de castidad obligatoria de los sacerdotes es una cosa; el entramado filosófico que lo sustenta, en especial la condenación del placer sexual y la visión negativa del cuerpo humano, es otra. Nuestro libro trata desde distintos ángulos las raíces de estas nociones. En donde están presentes, la culpabilidad y la re-presión sexual trascienden las paredes del claustro y la parroquia y permean la sociedad y la cultura. León Tolstoi da cuenta en forma dramática de la tortuosa relación de un aristócrata de la Rusia zarista con el sexo, las mujeres y su propia fisicalidad en el clásico «Sonata a Kreutzer». El copioso relato contiene evidentes proyecciones autobiográficas.

Refleja la relación ambivalente del mismo Tolstoi con el placer y la sexualidad humana en su interior y en su propio matrimonio. Su biografía no deja dudas al respecto de su constante frustración. Sus intentos por practicar el «matrimonio blanco» fracasan vez tras vez. Ni los peregrinajes a tradicionales monasterios ni su acercamiento religioso a la austera minoría de los dukhobors, le funcionan. El deseo y la culpa siguen siempre allí, saboteando sus ideales de pureza, como sigue ocurriendo hoy a sacerdotes y creyentes.

Es curioso, el conde Nicolai no creció en la cultura occidental influida por el rito latino romano, sino al amparo de la aristocracia feudal, aliada histórica de la poderosa Iglesia Ortodoxa Rusa, con sus legendarios staretz y rica iconografía. Escindida de Roma desde el año 1054, la Iglesia Ortodoxa Oriental también heredó las influencias ascéticas y neoplatónicas del gnosticismo que se cristianizaron como dogma desde el siglo V d.C. En el rito ortodoxo ruso, el cuerpo vino también a ser cárcel del alma, y el deseo —epithumia en el griego—, concupiscencia:la raíz del veneno que contamina el espíritu y cierra a los mortales el cielo.

Aunque la Iglesia Ortodoxa Oriental no prohíbe ordenar a diáconos y a sacerdotes casados, de cualquier manera heredó el conflicto entre cuerpo, placer sexual e ideal espiritual. El resultado fue el mismo: un profundo sentido de culpa. El remedio para los creyentes vino entonces a ser similar al del rito católico: la confesión después del remordimiento, la absolución penitencial del clérigo. Y volver a empezar de nuevo. Pero para el creyente serio, la lucha iba más allá de cumplir las cíclicas formalidades. Y Tolstoi lo fue por un tiempo. Pocos textos como El padre Sergio describen la feroz lucha interior del sacerdote por librarse de la concupiscencia. Alejado del mundo en su intento por huir de toda tentación terrena, un distinguido príncipe vive ahora como anacoreta, habiendo hecho voluntariamente votos religiosos y repartido sus bienes. Está inmerso en su cotidiana lucha interior cuando lo sorprende una helada noche de invierno. Hasta su distante cueva convertida en celda de ermita, llega una lujosa carreta de la cual desciende una mujer de mundo que ha apostado —juguetona—, que sus encantos harán añicos la afamada castidad del austero monje. Una vez habiéndolo engañado para que la deje entrar, el drama de la tentación es relatado tan vívidamente como si el autor lo hubiera presenciado. Son —otra vez— destellos de las luchas de alcoba de Tolstoi mismo. Sergio, percatándose de las intenciones seductoras de Makovkina se atrinchera, rezando en voz baja en un cuartucho al fondo de la celda, decidido a no ceder a lo que se ha vuelto a esas alturas una lucha que se antoja desigual. Pero de nada le sirven los rezos, las invocaciones, los ruegos. Su imaginación corre sin rienda ante cada escarceo verbal de Makovkina, ante el sonido adrede de sus pies desnudos contra el piso frío. El alivio momentáneo esta allí, cruzando la puerta, nadie los ve. Atormentado por el deseo que lo ha asediado por años, finalmente el hermano Sergio sale derrotado por la concupiscencia: arde por verla.

Rendido, se dirige a la recámara, pero antes va junto al haz de leña por un hacha. Ha recordado una anécdota que no sabe si es leyenda. De un tajo se cercena un dedo y trata de parar la hemorragia envolviéndose el muñón en el borde de su hábito. Cuando se presenta ante Makovkina, quien espera ganar la apuesta del reto del varón prohibido, le llama la atención el rostro ligeramente pálido de Sergio por el dolor contenido. Su mi-rada es brillante. La dama balbucea nerviosa, echando encima de su cuerpo desnudo su caro abrigo de pieles. Viendo hacia el piso, ve chorrear la sangre que gotea de la herida. La concupiscencia del hermano Sergio ha sido vencida —más bien distraída— por el severo castigo al cuerpo. Makovkina, impresionada, renuncia ese día, llena de vergüenza, a su vida frívola y decide ingresar de por vida a un claustro. Ha perdido la apuesta. El ermita se con-vierte en su tutor epistolar. Jamás vuelven a verse. El castigo corporal ha triunfado sobre el deseo reprimido. Por un tiempo.
En la ficción narrativa del maestro literario del realismo, la conciencia atormentada por la culpa halla efímero alivio en la aparente victoria del bien sobre el mal.
No fue ese el caso del padre Gaspar de Villarias, sacerdote de la Compañía de Jesús, quien fue objeto de un detallado juicio por el Tribunal del Santo Oficio en la Ciudad de México entre 1620 y 1625. Más de 90 mujeres declararon haberse involucrado sexualmente con él o sido objeto de proposiciones indecorosas luego de visitar la parroquia donde las confesaba y absolvía. El caso nada tuvo de ficción, está registrado en los Libros de la Inquisición y escandalizó hasta a Roma.Villarias jamás negó los cargos, todo lo contrario, pero a diferencia del breve cuento de El padre Sergio, sus declaraciones no reflejan conflicto alguno de conciencia. Había resuelto su disonancia cognoscitiva hacía mucho tiempo. Parapetado en el sacramento de la penitencia, Gaspar de Villarias solicitaba y seducía a criollas y mulatas, a nobles españolas y a esclavas negras década tras década. Y nadie hablaba.

Los documentos del Archivo General de la Nación son harto reveladores. No sólo porque se trata del caso registrado más prominente de un cura solicitante en la historia colonial de la Nueva España, sino porque nos permite entrever también la politización eclesiástica que se hacía entonces de las sanciones canónicas. Y también vemos que en aquella época oscurantista, quizás el Vaticano ponía mayor empeño administrativo para tratar, al me-nos, de moderar los excesos de sus clérigos y salvaguardar la buena reputación pública de los sacramentos. En Votos de castidad, el antropólogo Marcos Duarte nos lleva de la mano por los recovecos del juicio al padre Gaspar de Villarias, acusado de herejía por utilizar el sacramento de la penitencia para seducir a sus hijas espirituales.

De acuerdo con el documento Noticias secretas de nuestra América, compilado a petición de la realeza española con fines político-económicos en 1748, se podría argumentar, como lo hace el doctor Elio Masferrer, que en la época colonial y hasta nuestros días, el celibato sacerdotal obligatorio en la Iglesia Católica de América Latina es, en general, un mito. En la práctica, para los sacerdotes, siempre ha sido opcional. El susodicho reporte a la Corona española escandalizó a la realeza borbónica de Europa, igual que ahora sucede con los hallazgos de distintas formas de concubinato de los sacerdotes católicos y prelados latinoamericanos —cuando no matrimonios civiles con hijos, como el caso del padre Luis Parra, bien documentado por el investigador Jorge Erdely en la Diócesis de Celaya en 1995—.

Los concubinatos sacerdotales, prosigue Masferrer, permanecen vigentes bajo distintos disfraces hasta hoy. La conclusión es atrevida, pero sustentada en la casuística y la historia. En México, el caso del ex nuncio papal Girolamo Prigione y su concubinato con la monja Alma Zamora fue del dominio público por años, mientras que periodistas y políticos callaban. Ricardo Alemán, entonces director del suplemento político Bucareli Ocho, del diario El Universal,rompió la espiral del silencio en 1997. Ya desde 1990, el ex obispo de Oaxaca, Bartolomé Carrasco, en su visita ad limina al Vaticano reportó que en su diócesis el setenta y cinco por ciento de los sacerdotes no guardaban el voto del celibato sacerdotal, dejando entrever que muchos tenían una o varias concubinas, mientras que otros tienen esposas o simples aventuras sexuales durante su vida eclesial activa. La revelación del obispo pone de relieve un matiz muy importante: que en cuestión de sacerdotes que rompen el voto de castidad, de ninguna manera todo es paidofilia o efebofilia. Es innegable, de cualquier manera, que como reveló el entonces obispo de Oaxaca —la mayoría de sus curas quebrantaba habitualmente los votos de castidad—, el escenario de la conducta heterosexual del clero muestra de nuevo el tema del celibato como algo toral, pero en gran medida soslayado en la cobertura mediática de hoy día y en la investigación universitaria. La antropóloga Paloma Escalante, cuyos estudios de campo al respecto en la provincia mexicana se han extendido por más de tres lustros, es una notable excepción.

Si en algo difirieren los escándalos de hoy con los que se suscitaban en la época de la Colonia, sería en lo concerniente a dos puntos. Durante los siglos XVII y XVIII predominaban más bien la promiscuidad y el concubinato heterosexual. En países como Perú los hijos eran incluso reconocidos y aparentemente tenían acceso a ciertas prestaciones sociales. Comenta Masferrer en su capítulo de este libro:

En investigaciones que realicé en el Archivo Arzobispal de Lima, Perú, en el ramo de Asuntos Civiles —el estudio estaba centrado en la cultura y la vida pública del siglo XVII— pude encontrar centenares de hijos de sacerdotes diocesanos, pidiendo mediante la declaración de dos testigos que el obispo les diera dinero para la dote matrimonial, la cual estaba estipulada en 400 pesos fuertes, una cifra considerable para la época.

Hoy, los escándalos mundiales son preponderantemente por pederastia homosexual y sólo a través de litigiosos abogados las víctimas logran alguna compensación. Alguien pudiera pensar que la Iglesia de la Inquisición española era más caritativa que la de Estados Unidos.
Tanto en los reportes de Noticias secretas de nuestra América, como en el caso del padre Gaspar de Villarias, la principal trasgresión registrada a los votos de castidad era la heterosexual. En este sentido, la jerarquía latinoamericana quizás no ha estado interesada en revisar el dogma del celibato porque ha encontrado una fórmula culturalmente aceptada —no exenta de hipocresía— para dar cauce a la sexualidad del clero mientras que, al mismo tiempo, éste puede mantener formalmente el estatus de elite especial y poder administrar, en aparente pureza litúrgica, los sacramentos. La profesora de la Universidad La Sapienza, en Roma, Alessandra Ciattini explica en su capítulo respectivo las motivaciones financieras de la Iglesia para instituir el celibato obligatorio. El problema es previo al medioevo y viene desde Europa. No es ajeno a los concubinatos y matrimonios de los sacerdotes en el viejo continente. Se trataba de evitar —entre otras cosas— que éstos heredaran sus propiedades, o las de la Iglesia, a sus hijos.

Ciattini muestra que fue sólo después de un largo proceso histórico con muchas contradicciones, que se logró finalmente prohibir formalmente el matrimonio del clero. El dogma se confirmó en el Concilio de Trento de 1546. Antes de eso, la obligatoriedad de la castidad para los sacerdotes, dependiendo del lugar y las circunstancias, era variable, aunque se impusieron penas canónicas y civiles —en ocasiones laxas— a los curas transgresores. El papa Honorio (420 d.C.), elegido sumo pontífice ya casado y con una hija, fue una interesante excepción. Esta línea de investigación histórica conduce de manera natural a preguntarse sobre el celibato en los orígenes mismos del cristianismo. Al respecto,Ciattini — y con más amplitud y detalle Erdely —, exploran, con base en la historia, textos antiguos y la teología, lo que realmente practicaron los apóstoles en el primer siglo y cuáles fueron las enseñanzas específicas de Jesús al respecto de la castidad y las actitudes de los primeros cristianos hacia la sexualidad. Sus investigaciones desafían interpretaciones que con el paso del tiempo han adquirido apariencia de inmutables verdades.
El sacramento de la penitencia, con las disposiciones adopta-das por la Iglesia Católica durante el siglo XIII y por la importancia que esta institución empezó a concederle al acto de la confesión auricular, al ser definido como la «tabla de salvación del hombre», con el transcurrir de los años se convirtió en uno de los vehículos más favorecidos para que algunos clérigos accedieran a una sexualidad vedada.

Los expedientes del Archivo General de la Nación de alrededor de ochocientos curas solicitantes de la época colonial mexicana que ha revisado durante décadas el historiador y especialista en el tema, Jorge René González Marmolejo, contienen un mundo de detallada información poco accesible hasta ahora al público. En Votos de castidad revela que la norma era la transgresión heterosexual, pero documenta también la homosexual. El contexto es el sacramento de la penitencia y el espacio físico más común, el confesionario mismo o sus alrededores. El estudio se extiende más atrás que otros, hasta el siglo XVI. El término de curas solicitantes, como sabemos, se refiere a aquellos sacerdotes que usaban el confesionario para inquirir vulnerabilidades y obtener gratificación sexual de sus asiduas feligresas.
De la época colonial a nuestros días, las cosas han dado un vuelco. Los escándalos de hoy reflejan que lo heterosexual ha seguido, pero ha dado paso a un problema más delicado para la jerarquía católica y para la sociedad en general. Los escándalos por paidofilia homosexual cada vez más generalizados, encubiertos durante años por obispos y altos prelados. González Marmolejo contrasta la actitud de la jerarquía colonial con la contemporánea en sus esfuerzos por poner orden al interior.

El problema contemporáneo tiene una formidable dimensión financiera. Hasta la fecha ha forzado a la Iglesia Católica estadounidense a desembolsar más de mil millones de dólares en indemnizaciones a víctimas de abuso sexual por parte de sus pro-pios ministros. Las demandas penales y civiles tienen al borde de la quiebra a importantes diócesis norteamericanas y han generado importantes documentos y pronunciamientos por parte del Vaticano, de conferencias de obispos, de grupos laicos que exigen cambio, de jueces y fiscales, de eticistas, de comités de investigación internos, del parlamento de la Unión Europea misma. Al respecto, el doctor Jorge Erdely nos actualiza con estadísticas, datos precisos y documentos relevantes sobre lo que acontece al respecto en México y el mundo. Nos proporciona también un necesario contexto de lo que también pasa en otras iglesias en materia de derechos humanos y abuso sexual que aporta un necesario balance a este libro. Los pastores que abusan, título de uno de sus libros más conocidos, no son de ninguna manera un problema exclusivo del catolicismo.

Necesidad de censurar la discusión abierta del dogma del celibato en países como México, no ha habido. La norma —salvo contadas excepciones— ha sido más bien la autocensura. En general, los intentos por impedir que se genere un análisis público serio sobre la vigencia del celibato y sus efectos en la sexualidad pueden considerarse eficaces. Lo sabemos porque prácticamente no existe. Vaya contraste con la Europa que trajo el catolicismo a América, en donde al interior de la misma Iglesia el tema se debate candentemente en foros públicos y privados, consignándose estudios y opiniones en infinidad de publicaciones de religiosos, laicos y seculares.

Pero en América Latina, en cuanto se intenta examinar la relación entre el celibato y la conducta sexual del sacerdocio, la jerarquía intenta frenar y desviar la discusión de maneras diversas. Prevalecen los apriorismos sin sustento, los temores a transparentar información, las evasivas y las respuestas simplistas. Como si examinar el asunto fuese asunto exclusivamente interno de la Iglesia o careciese de relevancia social. Como si sólo la jerarquía tuviese elementos válidos para aportar a la comprensión y solución de un asunto de interés eminentemente público.

El monólogo de la jerarquía presenta una doble problemática. Por un lado, refleja la institucionalización del abuso de autoridad y poder que se expresa en la minimización «del otro». En este caso, en primer lugar, de sus feligreses mismos. En la gran mayoría de los innumerables casos que recoge la literatura especializada contemporánea, la dinámica que prevalece es la explotación del estatus religioso para obtener gratificación sexual con creyentes de ambos sexos, monjas o seminaristas.
En sí, la dinámica de explotación no difiere en esencia de lo que se lee en los archivos y documentos de la época colonial a la que este libro nos permite acceso. Por otra parte, el problema implica un grado fascinante de inconsistencia entre la práctica y el dogma, entre el juramento sacro de guardar el voto perpetuo de castidad impuesto como condición indispensable para la ordenación, y la expresión —a veces desconcertante— de una gama de comportamientos sexuales, realizados a menudo en la oscuridad de la secrecía y al amparo de silencios y complicidades culturales y de la institución misma. En términos funcionalistas, el sistema «se retroalimenta a sí mismo», cerrando el círculo.
El monólogo de la jerarquía católica ha generado distintas respuestas tanto en el seno de la Iglesia como fuera de él. Movimientos laicos y de sacerdotes progresistas exigen una reforma de fondo que incluya derogar el celibato sacerdotal obligatorio e introducir reformas serias al código canónico, documento que, por ser producto de un proceso histórico influido por el feudalismo europeo medieval, minimiza las sanciones eclesiales a los sacerdotes que incurren en abusos de autoridad para expresar su sexualidad.

Los progresistas solicitan también más apertura para la supervisión de los laicos sobre aspectos como las finanzas parroquiales. Los sectores conservadores, por su parte, se anclan en la tradición. El discurso oficial del Vaticano —antes con el papa Juan Pablo II y hoy con Benedicto XVI— se ha reducido a responsabilizar de la problemática a lo que percibe como una cultura moderna moralmente laxa y permisiva, a una atmósfera sensualizada que tienta a los sacerdotes debido a que éstos son huma-nos. En otras ocasiones, la explicación oficial ha sido la negación del libre albedrío, invocando lo inexplicable; misterium iniquitatis, lo llamaría el predecesor del cardenal Ratzinger. La jerarquía mexicana ha seguido fielmente esta misma línea defensiva de argumentación las pocas veces que ha salido a la palestra pública el tema.

Como podemos ver, el monólogo de la administración vaticana es notoriamente defensivo. Reduccionista, lo llamarían algunos. Se podría resumir en tres argumentos centrales:

El problema de la violación de los votos de castidad es mínimo y los medios de comunicación lo magnifican.

El problema es real, pero no es mundial; está circunscrito sólo a ciertas regiones geográficas.

La causa debe ser atribuida a lo inexplicable o a la cultura permisiva y sensual moderna, que, a través de los medios de comunicación, la internet y la publicidad, crean una atmósfera sensual irresistible que lleva fatalistamente a muchos sacerdotes a romper sus votos de castidad.

Luego entonces, se inferiría que se trata de un problema nuevo. Sólo una sociedad sin memoria histórica puede aceptar ese argumento. Simultáneamente, la jerarquía se exonera a sí misma de cualquier responsabilidad. Ni sus estructuras eclesiásticas, y muchos menos la codificación de normas laxas en el derecho canónico, tienen absolutamente nada que ver. ¿Teologías que reprueban el placer en la sexualidad? ¿Los votos obligatorios de castidad? ¿Represión sexual que a veces se expresa en preocupantes parafilias? Mucho menos. De esta manera, la jerarquía se absuelve a sí misma y blinda por todos lados el dogma del celibato sacerdotal.

Este libro no entra en especulaciones ni hace conjeturas sobre si el celibato es la causa de la multimencionada paidofilia que se está tornando en el Waterloo de la Iglesia Católica contemporánea. Nuestro objetivo es más bien proveer a los lectores de elementos para formarse un criterio propio sobre las tensiones entre la sexualidad y el voto de castidad sacerdotal. Para ello, ofrece al público un acervo de importantes datos históricos corroborables, elementos empíricos y análisis de especialistas de varias disciplinas, que articulan una respuesta al discurso oficial de la jerarquía.

Por ser un trabajo interdisciplinario, examina la temática con libertad intelectual y rigor analítico desde la historia, la psicología, la antropología, y la filosofía, los orígenes reales del dogma del celibato sacerdotal y su función social, primero que nada, en nuestra propia cultura. El abordaje se contextualiza con estudios de caso y estadísticas inéditas con marcos analíticos teóricos actuales. Si el delicado problema de la pederastia sacerdotal se origina de manera súbita por la influencia de internet, del mayor acceso o difusión de películas con contenido erótico y de lo que altos jerarcas han denominado «la sociedad permisiva moderna», que crea una irresistible fuente de tentación para muchos sacerdotes, necesitamos antes que nada, echar una mirada a algunos periodos de la historia mexicana donde prevalecían moralidades más puritanas, para tener un punto objetivo de referencia.

Eso es exactamente lo que hacen en este libro los especialistas en catolicismo en la época colonial, cuando la moral pública y la sexualidad privada en México eran regidas por la Corona española y vigiladas celosamente por la Inquisición lo mismo en alcobas que en callejuelas y conventos. Si los votos de castidad se rompen de manera endémica sólo en sociedades como la de Estados Unidos, queremos examinar entonces qué sucede actualmente en otros países; en el nuestro, para comenzar, y en continentes como África, en donde el problema es de naturaleza heterosexual y no involucra ilícitos.
Si se pontifica que el problema es eminentemente contemporáneo, requeriríamos indagar si es que el asunto no era ya un serio problema en el pasado. Si el celibato sacerdotal es, como se afirma, incuestionable precepto divino instituido por Jesús mismo, necesitamos saber en qué se basa tal creencia y a su vez cuestionar si no se trata más bien de un argumento para legitimar una imposición humana. Si quebrantar cotidianamente el voto de castidad —violando las leyes canónicas y muchas veces las civiles— no requiere de acciones firmes que emanen de la Iglesia Católica para poner un freno, sino que la institución justifica conductas de encubrimiento, no está de más comparar a la Iglesia de hoy con la de antaño, cuando la desaparecida Inquisición, al parecer, tomaba con más seriedad dichos asuntos internos y hacía esfuerzos serios por moderarlos.

Los ensayos que a continuación presentamos a los lectores de Grijalbo, hablan por sí mismos. Están escritos tanto para el público general como para el lector especializado. Confiamos en que su lectura producirá un necesario reencuentro con la memoria histórica que hoy se difumina en el inmediatismo. A otros, proveerá de elementos para ampliar su cultura sobre el tema y una puntual actualización del contexto, ambos factores indispensables para formarse una opinión informada. A otros, tal vez los más, les regalará, sin menoscabo del análisis académico, una lectura amena, la cual, conforme se profundiza en ella, hace añicos mitos bizantinos, y pedazos de leyendas que se hacen pasar por hechos.

Si al final del día este libro logra, encima de todo eso, que cese el monólogo de la jerarquía latinoamericana consigo misma y contribuye a entablar un diálogo público y abierto con la academia y otros sectores de la sociedad —y con la misma grey—, los autores habremos superado con creces todas nuestras expectativas.

Atentamente

Jorge Erdely
Alessandra Ciattini
Elio Masferrer
Marcos Duarte
César Mascareñas
Jorge René González

Ciudad de México

BIBLIOGRAFIA

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